En el evangelio de san Marcos (3,15-15) podemos leer que en aquel tiempo Jesús subió al monte, llamó a los doce apóstoles para estar con él y enviarlos a predicar. Los apóstoles anunciarán, como Jesús, la buena Noticia del Evangelio: la llegada del Reino de Dios. Lo mismo ocurre con los bautizados: Jesús nos llama a estar con él para ser enviados a anunciar el Evangelio en el mundo.
Esto ocurre, por ejemplo, cuando celebramos la Eucaristía. Jesús nos llama para estar con él, para escuchar su Palabra y para actualizar el misterio pascual, su muerte y resurrección para que todo el que crea en él tenga vida. Unidos vitalmente a Él por la comunión su Cuerpo, somos enviados a ser testigos de lo que hemos proclamado, celebrado y experimentado. Al final de la Misa el sacerdote nos envía a la misión con las palabras “Podéis ir en paz”.
Cuando la celebración termina, cada uno vuelve a la vida cotidiana. Salimos del templo para volver a nuestras casas, a nuestros trabajos, a nuestros estudios, a nuestra actividades y relaciones de cada día, pero no volvemos de la misma manera. El encuentro personal y la unión vital con Cristo en la Eucaristía transforma nuestras personas y nos impulsa a la misión. Porque el amor de Dios que hemos celebrado en la Eucaristía está destinado a todos. Su celebración nos impulsa a llevarlo a nuestra vida.
La fe cristiana no puede quedar encerrada en las paredes del templo, ni reducida al ámbito personal y privado. La fe cristiana está llamada a hacerse vida en todos los lugares donde estamos presentes: en nuestras familias, para construir hogares donde haya amor, diálogo y perdón; en nuestros lugares de trabajo, para vivir con responsabilidad, justicia, honradez y espíritu de servicio; en nuestros centros de estudio, para crecer en la verdad; en nuestros barrios y comunidades, para descubrir las necesidades de nuestros convecinos; en la sociedad para promover la dignidad sagrada de toda persona y la vida humana, desde su inicio hasta su ocaso final. También somos enviados a quienes sufren, a los olvidados o excluidos, hacia quienes atraviesan dificultades y necesitan una palabra de esperanza o un gesto de cercanía.
El mundo necesita cristianos que sean testigos de Cristo y del Evangelio en medio de nuestro mundo, promotores de la dignidad sagrada de toda persona, de la verdad y del bien común, constructores de fraternidad y sembradores de la paz del Resucitado. Ante la pobreza, la injusticia, la mentira, los conflictos y enfrentamientos, ante la falta de sentido de la vida y de esperanza, los cristianos no podemos permanecer indiferentes. Cada uno desde su propia vocación y responsabilidad, con sus capacidades y posibilidades, está llamado a hacer presente el Evangelio.





























