Cuando tu equipo siempre puede esperar

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Hace poco hablaba con un CEO que me compartía una preocupación: sentía que estaba dedicando poco tiempo a su equipo.

Gran parte de su jornada transcurría entre hojas de Excel, indicadores, operaciones que había que cerrar y decisiones que no podían esperar. Mientras tanto, las conversaciones con las personas iban quedando para otro momento.

Me pareció valioso que lo reconociera. Porque darse cuenta de esa distancia obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿cómo estoy ejerciendo mi responsabilidad de dirigir a otros?

Quien ha estado al frente de una empresa o de un equipo sabe lo difícil que resulta encontrar ese equilibrio. Hay clientes, costes, objetivos y problemas que requieren una respuesta. Y hay días en los que, sencillamente, cuesta llegar a todo.

Entiendo esa presión. La he vivido.

Precisamente por eso creo que debemos hablar de lo que sucede cuando lo excepcional empieza a convertirse en nuestra forma habitual de trabajar.

Cuando llevamos meses esperando a tener una semana tranquila para sentarnos con alguien. Cuando posponemos una conversación sobre su desarrollo porque aparece otra urgencia. Cuando damos por hecho que una persona está bien porque cumple, responde y apenas pide ayuda.

El equipo puede seguir funcionando durante ese tiempo. Eso hace que resulte todavía más fácil seguir aplazándolo.

Si las personas siempre pueden esperar, terminan ocupando el tiempo que sobra. Y sabemos lo poco que suele sobrar.

«Mi equipo es lo más importante»

Escucho esta afirmación con frecuencia. Y cuando aparece, suelo pedir algo muy sencillo: que miremos la agenda.

Ahí podemos comprobar qué espacio estamos reservando para las personas a las que dirigimos.

Conviene hacerlo sin convertirlo en un juicio sobre las intenciones de nadie. Una agenda saturada también puede revelar un puesto mal diseñado, demasiadas decisiones centralizadas o una organización que exige a sus managers estar en todo.

Pero merece la pena detenerse y observar.

¿Cuántos espacios están dedicados a revisar resultados? ¿Y cuántos a ayudar a alguien a mejorar la manera de conseguirlos?

En ese punto suele aparecer una respuesta: ya tenemos reuniones con el equipo.

Por supuesto. Y hacen falta.

Aunque conviene mirar qué ocurre dentro de ellas.

Podemos pasar una hora repasando tareas, revisando desviaciones y pidiendo explicaciones sin llegar a saber qué necesita una persona para avanzar. Incluso podemos reunirnos cada semana con alguien y desconocer qué aspira a hacer, dónde se siente inseguro o qué dificultad lleva tiempo intentando resolver solo.

Compartir reuniones no garantiza que estemos acompañando su desarrollo.

El tiempo que dedicamos también tiene un contenido

Cuando hablo de dedicar tiempo a las personas, pienso en situaciones muy concretas.

En delegar una responsabilidad y conversar sobre el criterio con el que esa persona va a tomar decisiones. En ofrecer feedback cuando todavía puede servirle para corregir y aprender. En compartir experiencia mediante el mentoring o utilizar preguntas de coaching para ayudarle a encontrar una respuesta propia.

Pienso también en una conversación sobre expectativas. Sobre qué quiere aprender, qué le está costando o qué apoyo necesita de nosotros.

Conocer a las personas implica interesarse por cómo viven su trabajo, respetando lo que cada una quiera compartir. Implica entender qué hay detrás de una conducta antes de apresurarnos a interpretarla.

Porque resulta difícil influir de forma constructiva en alguien a quien apenas escuchamos.

Y escuchar requiere cierta disposición: permitir que la respuesta nos sorprenda, que cuestione nuestra interpretación o que nos señale algo de nuestra propia manera de dirigir. A veces esa es la parte más exigente, y no todo el mundo está por la labor de pedir ayuda.

La preocupación de aquel CEO me parece un buen punto de partida. Reconocer que echamos en falta tiempo con el equipo nos permite revisar cómo estamos organizando nuestra responsabilidad.

Después llega la decisión que le da valor a esa reflexión y que espero sea tu caso después de leer mi artículo.

Cuando abras tu agenda del lunes, ¿qué conversación con alguien de tu equipo merece dejar de esperar?

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