Las imágenes hablan por sí solas. Lo que nació como un proyecto para fomentar la lectura y el intercambio de libros entre vecinos y residentes de Benicàssim se encuentra hoy muy lejos de cumplir el objetivo para el que fue concebido.
Las Bibliotecas Viajeras se presentaron como una excelente iniciativa cultural: pequeñas casetas distribuidas por distintos puntos del municipio donde cualquier persona pudiera tomar un libro, disfrutar de su lectura y, posteriormente, devolverlo o sustituirlo por otro. Un modelo sencillo basado en la confianza, la corresponsabilidad y el compromiso ciudadano.
Sin embargo, apenas tres meses después de su inauguración, la realidad dista mucho de aquella idea. Basta abrir cualquiera de las casetas para comprobar que los estantes están cada vez más vacíos y que el intercambio prácticamente ha desaparecido. El principio que debía sostener el proyecto —"coge un libro y deja otro"— parece haberse transformado en otro muy distinto: "coge un libro y no devuelvas ninguno".
Las fotografías evidencian una colección claramente menguada, desordenada y, en algunos casos, impropia de una biblioteca pública. Donde debería encontrarse una oferta variada de novela, ensayo o literatura infantil y juvenil, aparecen huecos vacíos, ejemplares deteriorados y libros cuya presencia resulta difícil de justificar dentro del espíritu del proyecto. Llama especialmente la atención la existencia de un 'Manual de Neumología Clínica', una publicación altamente especializada que difícilmente responde al perfil de lectura pensado para un espacio público de intercambio vecinal. Junto a él aparecen libros deslomados, torcidos y deteriorados que, más que formar parte de una biblioteca, parecen destinados al contenedor de reciclaje de papel y cartón.
No se trata de cuestionar la creación de las Bibliotecas Viajeras. Al contrario. La iniciativa merece ser defendida precisamente porque constituye una buena idea. Pero tan importante como inaugurar un proyecto cultural es garantizar su continuidad.
Con demasiada frecuencia la política municipal concede más importancia a la fotografía del día de la inauguración que al seguimiento posterior de los proyectos. Y la cultura exige justamente lo contrario: planificación, mantenimiento, evaluación y capacidad de corregir aquello que no funciona.
Apenas tres meses después de su puesta en marcha, el resultado es preocupante. Las casetas corren el riesgo de convertirse en simples puntos donde depositar libros viejos, rotos o en desuso, alejándose completamente del objetivo para el que fueron creadas.
Por ello resulta legítimo recordar a la Concejalía de Cultura y al equipo de gobierno del Ayuntamiento de Benicàssim que los proyectos públicos no terminan el día que se cortan las cintas inaugurales. Comienzan precisamente entonces. Su éxito depende de un seguimiento permanente que permita comprobar si cumplen la finalidad para la que fueron diseñados.
Y es ahí donde las Bibliotecas Viajeras parecen haber quedado abandonadas.
Si el Ayuntamiento no revisa periódicamente el fondo bibliográfico, no repone ejemplares cuando desaparecen, no retira aquellos que se encuentran en mal estado y no impulsa campañas que recuerden el verdadero funcionamiento del intercambio, el proyecto acabará convirtiéndose en una estantería vacía o, peor aún, en un simple punto de reciclaje de libros.
Ahora bien, tampoco sería justo atribuir toda la responsabilidad a la administración.
Este modelo únicamente puede funcionar si existe una auténtica implicación ciudadana. Una Biblioteca Viajera no es un lugar donde retirar gratuitamente libros hasta vaciar los estantes. Es un compromiso colectivo basado en la confianza. Quien toma un libro debería sentirse moralmente obligado a devolverlo una vez leído o a aportar otro de similares características para que el siguiente vecino encuentre la misma oportunidad de disfrutar de la lectura.
Cuando desaparece esa corresponsabilidad, desaparece también el sentido del proyecto.
Quizá haya llegado el momento de replantear su funcionamiento. No basta con instalar dos casetas de madera y confiar en que el civismo haga el resto. Es necesario dotar al proyecto de una verdadera estrategia de dinamización que implique a la Biblioteca Municipal, los centros educativos, las asociaciones culturales, los clubes de lectura y las librerías del municipio.
Sería igualmente conveniente establecer revisiones periódicas del fondo bibliográfico, publicar informes sobre el estado de las casetas, organizar campañas de donación y recordar de forma permanente que estas bibliotecas no son un almacén gratuito de libros, sino un patrimonio cultural compartido cuya conservación depende de todos.
Las Bibliotecas Viajeras pueden seguir siendo una magnífica herramienta para acercar la lectura tanto a vecinos como a visitantes. Pero una buena idea no se mide por el día en que se inaugura, sino por su capacidad para mantenerse viva con el paso del tiempo.
Hoy, las Bibliotecas Viajeras de Benicàssim necesitan algo más que una placa con un bonito lema. Necesitan gestión, seguimiento, evaluación y una ciudadanía comprometida con la cultura del intercambio.
Porque una biblioteca vacía nunca puede considerarse un éxito cultural. Es el reflejo de un proyecto que, sin mantenimiento, sin dinamización y sin participación ciudadana, corre el riesgo de quedarse únicamente en una buena intención convertida en fotografía institucional.


























