La difícil Diplomacia

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La política exterior española está diseñada de forma muy sencilla y estable gracias a la construcción que la diplomacia de nuestro país la moduló a lo largo de nuestra Historia Y como consecuencia de las afinidades labradas a lo largo de los siglos.

De forma que entramos en el siglo XX con una hermandad firmemente consolidada con los países hispanoamericanos, con un estrecho entendimiento con los países árabes, acercamiento con ambos bloques que se reforzó durante los años del franquismo. Fraternidad y amistad que se vio completada con la alianza con los países atlánticos y con la asociación  con los estados comunitarios.

Los miembros del Pacto de Varsovia constituyeron durante medio siglo nuestros teóricos enemigos con los que no tuvimos ni siquiera relaciones diplomáticas plenas. Y Asia y África fueron dos regiones lejanas con las que mantuvimos escasos contactos.

He ahí un escenario diplomático relativamente fácil de conducir, tan sencillo que cualquier joven secretario de embajada, con un par de lustros de experiencia habría sido capaz de coordinar.

Si no fuera porque dicho escenario debería incluir dos problemas que transforman el panorama en algo endiabladamente complejo: Ceuta y Melilla por un lado y Gibraltar por otro, es decir, las relaciones con Marruecos y con el Reino Unido.

Londres ha sido durante años nuestro asociado en la Unión Europea y sigue siendo nuestro aliado en la OTAN. El dialogo con Gran Bretaña es moderado. Sabemos que no cederán la soberanía del Peñón más que por la fuerza, una fuerza que España no está dispuesta a utilizar puesto que podría derivar en resultados ruinosos. Londres es consciente de ello, como también lo fue que China habría sido menos flexible a la hora de recuperar Hong Kong. En tales condiciones Londres se limita a repetir el latiguillo de que el futuro de Gibraltar depende de la voluntad de los gibraltareños que puestos a elegir, prefieren quedarse con lo mejor de dos mundos: la legislación británica y la proximidad geográfica española. Ese es el statu quo que viene manteniendo el Peñón desde 1704 y el que muy probablemente seguirá presentando con retoques sobre la verja y los entornos marítimo y terrestre, durante las próximas décadas.

La relación con Marruecos es menos tranquilizadora. Nuestro "amable vecino del Sur" dista de ser amistoso y conciliador. En realidad, si España tiene un antagonista -¿podemos calificarlo de enemigo?- , éste no es Rusia o China, ni lo era la Unión Soviética sino que lo es Marruecos, el único que con toda seguridad perturba el sueño de nuestros dirigentes.

Primero fue el debate por el Sáhara Occidental que Sanchez cedió gratuitamente, sin obtener nada a cambio, ni siquiera la tranquilidad en las dos ciudades españolas del Sur y los islotes del estrecho. Ante la pasividad de nuestro Gobierno que no deja de aplaudir el comportamiento de Mohamed VI, ha quedado demostrado que los 10.000 invasores de 2021 y los 80.000 de este año fueron transportados hasta las inmediaciones de la frontera ceutí, por camiones de la policía marroquí.

De no tomar serias medidas es muy probable que en los próximos años los invasores crecerán en número -recordemos que Marruecos tiene tres millones de jovenes "Ni-nis", siempre dispuestos a trasladarse a las ciudades españolas para convertirlas en étnicamente marroquíes.

Y con el propósito de hacer otro tanto con la casi totalidad de las islas Canarias.