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domingo, 7 de junio de 2026 | Última actualización: 20:43

No confundas que se queden con que te quieran

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Hace no mucho acompañé a una empresa que tenía problemas de rotación, absentismo y baja implicación por parte de su equipo. Sobre la mesa había datos, porcentajes y síntomas bastante evidentes, pero la pregunta importante no era cuánta gente se estaba marchando o cuánta empezaba a desconectarse, sino qué había ocurrido antes para que esas personas dejaran de sentirse parte del proyecto.

Porque muchas veces una persona no se va de una empresa el día que firma su baja voluntaria. Se va mucho antes. Se va cuando deja de ilusionarse, cuando deja de sentirse escuchada, cuando empieza a hacer solo lo imprescindible o cuando cambia el orgullo de pertenencia por una especie de permanencia resignada.

A mí me gusta explicar el compromiso organizacional con una metáfora muy sencilla: la relación de pareja. Al principio, cuando una relación empieza bien, hay ilusión, ganas de compartir tiempo, planes de futuro y una mirada generosa sobre lo que viene. Se construyen sueños, se habla de una casa, de una familia, de una vida compartida. En la empresa ocurre algo parecido cuando una persona entra habitualmente lo hace con muchas ganas, siente que puede crecer, confía en sus responsables y percibe que su trabajo tiene sentido.

Eso es el compromiso afectivo. La persona se queda porque quiere. No porque no tenga otra opción, no porque le pese una deuda moral, no porque marcharse le complique la vida, sino porque siente que ese lugar merece su energía, su talento y su implicación. Es el compromiso más potente, porque nace del vínculo, de la confianza y del orgullo de pertenencia.

Con los años, algunas relaciones cambian. Quizá ya no existe la misma intensidad del principio, pero aparece una historia compartida. Hay respeto, gratitud, recuerdos, momentos difíciles superados y una sensación de haber crecido juntos. Mis abuelos, mis padres, toda una vida juntos casi desde pequeños. En la empresa también sucede. Hay profesionales que permanecen porque sienten que la organización apostó por ellos, les dio oportunidades, les permitió desarrollarse o estuvo presente en etapas importantes de su vida laboral.

Eso se parece al compromiso normativo. La persona se queda porque siente que debe hacerlo. Puede ser un compromiso valioso, siempre que no sea el único sostén de la relación. Porque cuando el vínculo se mantiene solo por deber, pero se pierde la ilusión, la relación empieza a debilitarse por dentro.

Y después está la situación más delicada. La de esas relaciones en las que ya no hay amor, ni admiración, ni proyecto compartido, pero nadie se mueve porque separarse parece demasiado costoso. La casa, la pensión, la estabilidad, los años invertidos o el miedo a empezar de cero pesan más que la propia relación. No se permanece por ilusión, sino por cálculo.

En la empresa también pasa. Hay personas que siguen no porque quieran seguir, sino porque sienten que marcharse les saldría demasiado caro. Hacen balance y concluyen que, con su edad, su salario, su antigüedad o la incertidumbre del mercado, quizá lo más prudente es quedarse. Y entonces permanecen, sí, pero ya no están de verdad. Su cuerpo sigue en la organización, pero su compromiso se ha ido apagando poco a poco.

Ese es el compromiso de continuidad. Y es especialmente peligroso cuando una empresa lo confunde con estabilidad. Porque una plantilla puede parecer estable y, sin embargo, estar emocionalmente desconectada. Puede haber poca rotación y, al mismo tiempo, mucha resignación. Puede haber personas que no se marchan, pero que hace tiempo dejaron de aportar todo lo que podrían aportar.

Por eso medir el compromiso es tan importante. No para hacer una encuesta bonita, presentar cuatro gráficos y guardarlo todo en una carpeta, sino para entender qué tipo de relación está construyendo la empresa con su gente. La literatura científica, especialmente el modelo de Meyer y Allen, diferencia precisamente entre compromiso afectivo, normativo y de continuidad. Y esa diferencia no es académica; tiene consecuencias directas en la rotación, el absentismo, la implicación y el rendimiento.

La gran pregunta que debería hacerse cualquier empresa es muy sencilla y bastante incómoda: ¿mi gente sigue conmigo porque quiere, porque siente que debe o porque cree que no le compensa marcharse?

No soy Cupido. No puedo tocar con una flecha el corazón de tu plantilla y conseguir que vuelva a enamorarse de tu organización de la noche a la mañana. Pero sí sé, por haber dirigido equipos durante más de dos décadas y por acompañar empresas los últimos siete años, que el compromiso se puede trabajar cuando hay liderazgo, escucha, coherencia, reconocimiento y desarrollo real, entre otras muchas cosas.

Creo que una empresa no debería conformarse con que su gente no se vaya. Ese sería el menor de los problemas; debería aspirar a que quiera quedarse. Si buscas ayuda, me encantará ayudarte.

www.javiergimenezdivieso.com