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miércoles, 06 de julio del 2022 | Última actualización: 23:58

La vida contemplativa

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Este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, celebramos la Jornada ‘Pro Orantibus’: es decir, por los monjes y las monjas de vida contemplativa. Es un día para recordarlos y orar especialmente por ellos, que a diario rezan por nosotros en sus monasterios y conventos. Les queremos mostrar así nuestra estima y gratitud. Además pedimos a Dios que suscite entre nosotros vocaciones a la vida consagrada contemplativa, para que nuestros monasterios no se vean abocados a cerrar.

Hemos de afirmar una vez más que los monasterios de vida contemplativa son y siguen siendo necesarios. Hay quien no entiende su razón de ser ni el modo de vida de los monjes y monjas de clausura. Pero nuestra sociedad y también nuestra Iglesia necesitan lámparas en el camino que nos remitan a Dios y nos ayuden a volver la mirada a Dios, que es Amor, la fuente y el manantial inagotable del amor.

Somos testigos y - muchas veces- víctimas de un contexto secularizado, que está marcando profundamente el corazón del hombre y de la mujer de hoy. Vivimos inmersos en un contexto que pretende entender el hombre, la sociedad y la historia como si Dios no existiera. Se propugna que la persona humana, su vida y su dignidad, su trabajo y sus relaciones, la educación, el matrimonio y la familia, la cultura, la economía y la organización de la sociedad se conciban sin referencia alguna a Dios. El hombre se ha convertido en absoluto y se ha creado sus propios dioses. Dios es ignorado, cuando no rechazado, como Señor de la existencia humana, como su origen, su guía y su meta.

Pero el silenciamiento de Dios, de su voz y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana y a una sociedad sin rumbo; poco a poco se abre el camino a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses al servicio de ideologías de distinto tipo. El silenciamiento de Dios está llevando al ocaso de la dignidad humana. Reducido el hombre a su dimensión material e intramundana y eliminada su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre.

En este contexto, los monasterios y conventos de vida contemplativa son para la sociedad y la Iglesia faros luminosos que nos remiten a Dios. Para la Iglesia son motivo de acción de gracias a Dios y una fuente de gracias celestiales.

La vida contemplativa tiene mucho que decir hoy. Es una forma de vida que dirige nuestra mirada al manantial del ser y de la vida, a la comunión con Dios y los hermanos y al núcleo de la misión de la Iglesia. Y es un servicio sagrado a los hombres, porque todo hombre y mujer lleva en lo más íntimo de su corazón la nostalgia de Dios.

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