Cada veinticinco de julio celebramos la fiesta del apóstol Santiago, patrono de España. Este día, la Iglesia recuerda al pescador de Galilea que escuchó la llamada de Jesús a seguirle para hacerle “pescador de hombres”. De inmediato dejó las redes y lo siguió. No fue un camino fácil. Estuvo lleno de entusiasmos y momentos de debilidad, pero, sobre todo, marcado por su fidelidad a Cristo que culminó con su martirio por mandato del Herodes. La tradición cristiana afirma que Santiago anunció el Evangelio en tierras de Hispania y que, tras su muerte, sus restos fueron trasladados a Compostela.
Desde hace más de mil años, innumerables peregrinos recorren los caminos que conducen hasta su sepulcro. En la Edad Media, los peregrinos buscaban venerar las reliquias del Apóstol, hacer penitencia y obtener el perdón de sus pecados. Hoy, miles de hombres y mujeres recorren también el camino: unos buscan hacer turismo, otros desean encontrarse consigo mismos, otros lo hacen por una inquietud espiritual y otros muchos, quizá la mayoría, caminan impulsados por la fe. Sea cual sea el motivo, el camino tiene la capacidad de abrir horizontes nuevos y de conducir al peregrino hacia una verdad más honda sobre sí mismo, sobre los demás y sobre Dios.
En una sociedad marcada por la prisa, el ruido y la inmediatez, el camino ofrece el paso lento del caminante y el silencio que permite escucharse y escuchar. Tener que hacerlo por etapas enseña que las metas importantes no se alcanzan de inmediato, sino con sacrificio y constancia y con la ayuda de quienes caminan a tu lado. En esta vida, todos somos peregrinos y nadie la recorre solo. La solidaridad espontánea entre caminantes, la ayuda ofrecida sin esperar recompensa y la amistad que nace entre personas de lenguas y culturas distintas muestran que la fraternidad no es un sueño imposible, sino una realidad que puede surgir cuando caminamos juntos de verdad.
Para la tradición cristiana, el camino es un verdadero itinerario espiritual. La peregrinación es una imagen de la existencia cristiana: caminamos hacia la casa del Padre, sostenidos por la gracia de Dios y acompañados por la comunidad de los creyentes. El cansancio invita a reconocer nuestras limitaciones y pecados, el silencio abre espacio para la escucha de Dios y la oración, la belleza de la creación despierta el deseo de alabar a Dios y la llegada a Santiago hace experimentar la alegría de quien ha llegado a la meta. Poque el peregrino cristiano no busca únicamente llegar a Santiago, sino dejarse encontrar por Cristo vivo como el Apóstol.
A muchos peregrinos, la experiencia del camino les infunde o renueva el deseo de ser discípulos misioneros del Señor como el Apóstol. Regresan a sus hogares con el deseo de comunicar a otros su experiencia y la alegría del encuentro con Cristo.























