Vivimos tiempos marcados por el sufrimiento. Las guerras continúan sembrando muerte, destrucción y desplazamientos forzosos; los terremotos y otras catástrofes naturales dejan tras de sí miles de víctimas y familias que lo pierden todo. Estas tragedias se suman a otras realidades habituales igualmente dolorosas, como son las enfermedades, la soledad no deseada, el desempleo, la violencia doméstica, las adicciones y tantas heridas que permanecen ocultas.
Ante este panorama es fácil sentir impotencia y pensar que poco podemos hacer personalmente. Existe incluso el riesgo de acostumbrarse al dolor ajeno. Cuando esto sucede, el corazón comienza a endurecerse y se puede caer en la indiferencia, una de las enfermedades espirituales más graves de nuestro tiempo.
A un cristiano, sin embargo, el sufrimiento del prójimo -cercano o lejano- nunca le puede ser indiferente. La fe nos llama a ver el dolor humano con los ojos y el corazón de Cristo, que jamás permaneció indiferente e inactivo ante el que sufría. Los evangelios nos muestran que Jesús se conmueve ante el sufrimiento de la gente y actúa: cura a los enfermos, devuelve la vista a los ciegos, escucha el clamor de los pobres, toca a los leprosos, perdona a los pecadores, alimenta a las multitudes hambrientas y consuela a quienes lloran. La compasión de Jesús no se quedó en un sentimiento superficial. Cada encuentro con el sufrimiento humano dio origen a una respuesta concreta de amor. Se detuvo, escuchó, acompañó, actuó y ofreció esperanza a quienes se sentían abandonados.
En la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,25-37), Jesús nos propone el modelo de una auténtica caridad cristiana. Mientras otros pasan de largo, el samaritano se detiene, cura las heridas del hombre apaleado y se hace cargo de él. Jesús concluye esta parábola con las palabras: “Ve y haz tú lo mismo”. Estas palabras no son un mero consejo moral; son un mandato para quien quiera ser discípulo suyo. Seguir a Cristo significa a mirar el mundo con sus ojos y amar con su corazón. Ser discípulo de Cristo significa detenernos ante el que sufre y responder con gestos concretos de amor.
Cada obra de misericordia, por sencilla que parezca, hace presente el amor de Dios y fortalece la esperanza de quienes atraviesan momentos difíciles. Cada parroquia y cada fiel cristiano han de convertirse en instrumentos del amor de Dios. No caigamos en la indiferencia ante el dolor y sufrimiento del prójimo. En cada una de las personas afectadas hemos de reconocer a Cristo, que nos recuerda: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

























