lunes, 30 de noviembre, 2020  |  

- 1 enero, 2013 -

Santiago Beltrán. Abogado. Ayer llegó a mis manos uno más de los típicos calendarios publicitarios que te anticipan y preparan para el nuevo año....

Santiago Beltrán. Abogado.

Ayer llegó a mis manos uno más de los típicos calendarios publicitarios que te anticipan y preparan para el nuevo año. Sin embargo al observarlo me di cuenta de inmediato que éste no era como los otros que me habían regalado. Las ilustraciones que acompañaban cada mes me impactaron de tal modo, que no pude dejar de examinarlas detenidamente una tras otra. Pero sobretodo me evocaron muchos recuerdos y sensaciones de una intensa emoción, de una infancia lejana pero próxima a la vez, donde todo tu mundo, sin saberlo, tenía una honda relación con dichos dibujos.

Era un tiempo de penurias económicas, de trabajo, de esfuerzo, individual y colectivo, pero sobretodo de ilusión, de una inmensa ilusión por prosperar, por alcanzar lo que se anhelaba y parecía imposible conseguir. Donde tu familia, tus vecinos, tu barrio, tu pueblo, donde las gentes que te rodeaban, vivían de forma casi exclusiva de la naranja, de nuestra nunca suficientemente ponderada fruta. En cada casa encontrabas a un padre, tío o abuelo collidor o en el mejor de los casos cap de quadrilla, que todos los días iban a la prega y cuando terminaban y se aseaban acudían al casino para llogarse al día siguiente, o donde la madre era triaora o encaixaora o encarregà en el almacen, y a la cual como niño a veces veías poco cuando la campaña estaba en pleno apogeo, ya que además de su jornada normal volvía al almacén para fer la velaeta.

Pero quien tenía la suerte de tener un oficio, no por ello, quedaba desligado de la naranja, ya que la máxima ambición de toda familia no era tener un buen coche, ir de vacaciones o gastarse el dinero en joyas o en ropa de marca, sino comprarse un tros de terra, donde los fines de semana en que no se trabaja podía ir a su parcelita a cuidar la cosecha, que te había de aportar ingresos extras, y a plantar las verduras y hortalizas para consumo propio. Era una época de muchas necesidades, de una crisis adherida a la piel de cada uno de nosotros como un vestido natural, pero a su vez de gentes sufridas, solidarias y esperanzadas en un futuro incierto pero mejor.

Eran momentos de gente verdaderamente emprendedora, de comerciantes pioneros que de la nada, individualmente o con la unión de muchos en cooperativas, fueron capaces de arriesgarlo todo para establecer industrias (almacens), de mayor o menor tamaño, y comercializar la naranja, llevándola a mercados nacionales e incluso, con una ambición envidiable, exportarla allende nuestras fronteras, según expresión al uso de entonces.

El calendario confeccionado por la imprenta Canós de Vila-real, con la inestimable ayuda de Rafael Llop Soriano (al que no conozco, pero ya admiro), recoge mediante ilustraciones de una calidad extraordinaria, las etiquetas o cromos que identificaban a los comerciantes de la naranja de la localidad y a las marcas de sus respectivos productos. También a sus autores dibujantes e imprentas. ¿Quién no recuerda a los exportadores Meseguer y Arenós, Arrufat, Trias, Batalla, Llop, Sonavi, Costa, Cosecheros, Sanz, Alcamí, Manuel Bonet, Parra, García Gallén, Vicente Meseguer, Gil y Gil, Pascual Gil, Fulgencio Machín, Cofrutvi, Llop y hermanos, Invicto, Safont, Benjamín Beltrán, José Gumbau y tantos otros que por desgracia dejo en el tintero?, ¿o a las marcas míticas Klima, Ruta, Athos, La Perla de Valencia, Pico de Oro, Coyote, Katiuska, Norinda, Atlantida, Sincona, Ataulfo, Tanque, Sacromonte, Golosina, Beauté, Eh¡¡, Voy¡¡, Narcisos, Envidia, Ortofrut, Labrador, Gondolero o tantas otras?.

A todos ellos va dedicado este pequeño homenaje y mi gratitud sincera.

Google+
Whatsapp Telegram