Vamos hacia la extinción, cuántas veces hemos oído esta frase en nuestras conversaciones diarias, sobre todo entre los que somos más veteranos. La pregunta es si tenemos un relevo generacional adecuado que consolide a nuestro país en un futuro, como potencia de primer orden mundial, como los es actualmente, ante generaciones marcadas, en su mayoría, por una inmejorable preparación, pero desmotivados con su vida futura, sin implicación en las vocaciones laborales y volcados en una prioridad como es el ocio y el tiempo libre.
Esta duda sociológica no es un producto únicamente nacional, toda la Unión Europea está en también en este trance, y no tanto los países orientales, incluyendo Asia del sur, que, aunque sus jóvenes quieran imitar a los europeos, su sistema social (y su alta demografía) no se lo permite.
Está claro que, en las últimas décadas, hemos llegado a un aumento muy importante de los valores de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, donde el individuo tiene unos derechos inalienables, se le garantiza sus libertades públicas y sobre todo una autonomía y autorrealización libre, de tal forma que las generaciones de millennials y centennials (que son el 37% de la población española y el 38% de la UE) ya han nacido y se han imbuido de este tipo de modelo social, donde el estado debe protegerles no solo con estos derechos, sino de su situación económica, su salud, de su bienestar personal y facilitarle todos los medios y recursos que necesiten.
En contraposición a este modelo, como ya indicábamos, tenemos el modelo asiático, donde se prima la colectividad (familia, sociedad, país), ante el individuo, donde el individuo está volcado con sus deberes y obligaciones sociales, donde ser egoísta o ir en contra de las normas y leyes públicas es penalizado no solo legalmente sino de forma social y el individuo se supedita al bien común. Con este modelo estamos viendo que los países asiáticos están incrementando de forma sorprendente su economía y su desarrollo social, y en muchos aspectos, nos están adelantando por la izquierda y sin intermitente.
Esta exageración del individualismo liberal europeo es la que ha trazado dudas en nuestras generaciones más jóvenes sobre su capacidad de resistencia a la adversidad, su frustración al no y su reacción ante tiempos críticos o situaciones complejas cuando el estado no llegue a tener suficientes recursos para mantener en un modelo de bienestar para todos los ciudadanos, de forma que, hasta pensadores actuales, consideren, en sus tertulias televisivas, que los componentes de nuestro relevo generacional están hiperprotegidos e indefensos.
Todavía recuerdo que, estando de vacaciones de Navidad, tuve que trasladarme urgentemente a Madrid por la nevada Filomena, mis policías reclamaban la asistencia de los bomberos para desbloquear las Comisarías de nieve, los bomberos reclamaban a la UME, y la UME a la providencia divina. El resultado llegó de forma muy fácil, imitando a los habitantes de los pueblos españoles de montaña que se quedaban aislados y no esperaban a nadie, cogían una pala y aportar todo lo que pudiera cada uno, así se hizo en Madrid los policías dejaron de esperar y cogieron una pala y desbloquearon las comisarías y sacaron los coches policiales todoterreno a la calle ayudar a los que si los necesitaban.
Todo este inmenso elenco de derechos que protegen al individuo producen un efecto no deseado, ciegan tanto que no se ve la otra parte de la moneda: los deberes, y sobre todo a gestionar lo que se denomina conflicto entre derechos, el derecho a fumar en una terraza colisiona con el derecho a la salud del no fumador, el derecho a tener mascotas e interaccionar con ellas en todos los momentos colisiona con las personas que no les gustan los animales, el derecho a gritar y hacer ruido en el ocio colisiona con el derecho al descanso, el derecho a la educación libre de tus hijos no significa que los conviertas en hordas salvajes que martirizan al personal allí donde van, el derecho a expresarte debe poder armonizarse con el pensamiento del otro, el derecho de reunión y manifestación con la libertad deambulatoria y de circulación del resto, y así, podríamos estar enumerando los límites de todos los derechos y cuando empiezan y acaban. Tengo muchos y buenos derechos y unos deberes, no solamente los que me obligan porque me multan, sino porque mi educación cívica me dice que hay veces que hay que cederlos, y no pasa nada.
Ser cibergeneraciones también tiene sus ventajas, ahora hay más activismo digital y cibervoluntariado, las redes sociales pueden y de hecho movilizan a miles de jóvenes, lo hemos podido ver con la Dana de Valencia, donde se respondió de forma impresionante, con la aportación de esfuerzo y trabajo a las necesidades colectivas de las localidades afectadas, haciendo recular a los pensadores anteriormente mencionados, ese es un buen camino, la empatía y priorización del bien común ante el individuo, por lo que tenemos la esperanza que estas acciones no queden en un mero gesto de pose y figureo, y sea el camino deseado para cuando, en alguna circunstancia extraordinaria, no queden suficientes policías disponibles, estén todos los bomberos ocupados y los efectivos de la UME se hayan agotado.























