Hoy te cuento algo que, sinceramente, da para reflexionar y mucho.
Durante mi investigación doctoral sobre cómo los distintos estilos de liderazgo se correlacionan con efectos perjudiciales para las empresas como el absentismo o la rotación en las empresas, he tenido la oportunidad de analizar diferentes empresas, equipos, culturas y he encontrado un patrón que rompe bastante con el discurso habitual que leemos muchas veces (también en LinkedIn).
Sí, ese discurso que habla constantemente del “liderazgo tóxico”.
Ese jefe autoritario. Ese manager que controla. Ese líder que no escucha.
Y cuidado, que existe, pero ¿y si te dijera que el verdadero problema en muchas empresas no es ese?
Lo que he encontrado es justo lo contrario.
En muchas organizaciones predomina un liderazgo ético y responsable. Un liderazgo centrado en el cuidado de las personas. Un liderazgo humano, cercano, respetuoso.
Y esto, en principio, suena bien.
Muy bien.
De hecho, conecta totalmente con algo que siempre he defendido:
Liderar empieza por ser buena persona.
Pero aquí viene uno de los aprendizajes más interesantes. Ese tipo de liderazgo, por sí solo, no es suficiente.
CUANDO SER “BUENO” NO ES SUFICIENTE
Cuando profundizas en los datos, aparece algo curioso y a la vez preocupante:
Los estilos de liderazgo que realmente impulsan resultados son precisamente los peor valorados.
Sí, has leído bien.
Liderazgo coach (brindar apoyo y orientación personalizada a los miembros de tu equipo para su desarrollo).
Liderazgo distribuido (delegar en tu equipo responsabilidades y darles la autoridad suficiente a la hora de tomar decisiones conjuntas).
Liderazgo empresarial (proporcionar una dirección clara y objetivos específicos).
Son los que generan más fricción.
¿Y por qué ocurre esto?
En mi opinión, porque exigen más.
- Exigen conversaciones incómodas (feedback real)
- Exigen delegar de verdad (no solo decirlo)
- Exigen responsabilizar a las personas
- Exigen salir de la zona de confort
Y eso no siempre gusta.
LA GRAN DISONANCIA: LO QUE EL LÍDER CREE VS LO QUE EL EQUIPO VIVE
Hay otro dato todavía más potente fruto de mi investigación.
Cuando analizas el liderazgo distribuido, aparece una brecha clara:
Los líderes creen que delegan más de lo que realmente delegan. Por el contrario, los equipos perciben menos autonomía de la que deberían tener.
Y aquí es donde empieza el problema de verdad.
Porque cuando no hay autonomía real:
- Baja la satisfacción
- Se reduce el compromiso (engagement)
- Aparece la desafección
- Y, en muchos casos, llegan el absentismo o la rotación
Y luego nos preguntamos: “¿Por qué se nos va la gente?”
EL PELIGRO DEL “LIDERAZGO BUENISTA”
Quizás no sea popular decir esto, pero lo voy a decir igual, si me sigues ya sabes que prefiero ser transparente y honesto:
El buenismo en el liderazgo puede ser igual de peligroso que el liderazgo tóxico.
Porque una empresa no solo necesita personas felices.
Necesita:
- Dirección clara
- Objetivos definidos
- Desarrollo real del talento
- Feedback constante
- Responsabilidad compartida
Sin eso lo que tienes no es un equipo.
Es un grupo cómodo.
Y la comodidad, en exceso, mata el rendimiento.
EL VERDADERO EQUILIBRIO
Desde mi experiencia profesional liderando equipos más de 20 años y otros siete acompañando a empresas como autónomo (y lo que refleja esta investigación), el liderazgo que funciona de verdad es el que combina dos cosas: humanidad y exigencia.
Cuidar a las personas, pero también hacerlas crecer.
Escuchar, pero también decir lo que nadie quiere oír.
Acompañar, pero también empujar.
Y AHORA LA PREGUNTA:
¿Tu liderazgo está equilibrado o te estás quedando en el lado cómodo?



























