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domingo, 22 de marzo de 2026 | Última actualización: 11:29

La reconciliación con Dios

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En el camino cuaresmal hacia la Pascua, la Palabra de Dios nos exhorta con insistencia a la conversión a Dios. Cuanto más presente está Dios en nuestro corazón, más sentido tenemos para todo lo que nos aleja de su amor y del amor al prójimo.

También los cristianos tenemos muchas veces la tentación de abandonar el camino que Dios nos ofrece para llegar a la patria del Cielo: los mandamientos. Con frecuencia desconfiamos de Él e intentamos construir nuestra vida al margen de Dios. No siempre nos mantenemos fieles a nuestra condición de hijos e hijas amados suyos por el bautismo. Con nuestras acciones u omisiones, nuestros pensamientos o deseos rompemos la amistad con Él transgrediendo sus mandamientos. Sólo “quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 3,23-24).

Pero incluso cuando nos alejamos de Dios, Él nos sigue amando. Dios es amor (1 Jn 4,8) y no puede dejarnos de amar con un amor ilimitado, compasivo y misericordioso. La cuaresma es un tiempo especialmente propicio para acoger la misericordia de Dios. Como en el caso del hijo pródigo, Dios no se cansa de esperar a que regresemos a la casa del Padre. Es más: Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos ofrece el abrazo del perdón mediante la Iglesia en el sacramento de la Penitencia.

Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañaríamos (cf. 1 Jn 1,8). Solos nunca podremos liberarnos de nuestras heridas, debilidades y pecados. Sólo Dios tiene el poder de perdonar el pecado. Y el perdón sanador de Dios nos llega a través de Cristo en su Iglesia. Jesús dijo que Él “tiene poder para perdonar los pecados” (Mc 2, 7); un poder que transmite a sus apóstoles diciéndoles “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,22). El Señor les confía el poder de perdonar los pecados en su nombre con el poder recibido de Dios. En el sacramento de la Penitencia, confesando íntegramente los pecados con corazón contrito, recibimos por la absolución del sacerdote el abrazo de reconciliación del mismo Cristo y de su Iglesia.

En el sacramento de la reconciliación experimentamos la misericordia de Dios que perdona, sana, transforma y devuelve la paz al corazón. En el sacramento de la penitencia acompaña a las personas en sus heridas, escucha sus luchas y les concede el perdón que Cristo ganó para todos en la Cruz. Cuántas vidas han cambiado gracias a una confesión sincera, a una palabra de aliento o a la absolución sacramental recibida con fe. A todos os animo a redescubrir la belleza del sacramento de la reconciliación. Acerquémonos con confianza a este encuentro con la misericordia de Dios. El perdón del Señor renueva nuestra vida y nos ayuda a caminar con alegría y con esperanza.

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