En la Comunitat Valenciana hablamos con frecuencia de la necesidad de desestacionalizar el turismo. Es una idea que aparece en planes estratégicos, discursos institucionales y debates económicos. Sin embargo, la verdadera cuestión no es tanto repetir el objetivo como preguntarnos qué herramientas concretas tenemos para conseguirlo. Una de ellas, quizá de las más eficaces y menos exploradas, es la cultura.
Benicàssim es un ejemplo claro de municipio que ha sabido construir una marca cultural potente. Durante décadas ha demostrado que los eventos culturales pueden situar a una ciudad en el mapa. Miles de personas llegan cada año atraídas por la música, el arte o la programación cultural. Pero, como ocurre en muchos destinos turísticos, buena parte de esa actividad se concentra en los meses de verano.
¿Y si la cultura también pudiera activar el calendario fuera de temporada?
De esa reflexión nace Benicàssim Escena, una propuesta para crear un festival anual de teatro que se celebraría entre marzo y abril, antes de la Semana Santa. Un festival pequeño en formato, pero ambicioso en concepto: cuatro obras teatrales cada año, todas ellas vinculadas a un mismo estilo escénico, acompañadas por una exposición temática relacionada con ese lenguaje teatral, esta propuesta que presento debe ser ratificada en una sesión plenaria del ayuntamiento de Benicàssim por eso la he presentado a los distintos portavoces y al edil no adscrito a través de la sede electrónica del ayuntamiento.
La idea es sencilla, pero potente. Cada edición se convertiría en una especie de “laboratorio escénico” que permitiría explorar una forma concreta de hacer teatro: desde el teatro contemporáneo europeo hasta nuevas dramaturgias, pasando por el teatro físico, el documental o las reinterpretaciones del repertorio clásico.
Este enfoque tiene varias ventajas. En primer lugar, da identidad al festival. No sería simplemente una sucesión de espectáculos, sino una propuesta cultural coherente que invita al público a descubrir una estética teatral distinta cada año.
En segundo lugar, permite ampliar la experiencia cultural más allá del escenario. La exposición asociada al festival —que podría incluir fotografía escénica, escenografía, vestuario o instalaciones artísticas— ofrecería una mirada complementaria al mundo del teatro y prolongaría la actividad cultural durante varias semanas.
Y en tercer lugar, conecta cultura y economía local. Un evento de estas características, aunque sea de tamaño moderado, genera movimiento en la ciudad: visitantes que cenan antes o después de la función, público que llega desde Castellón o desde otras localidades cercanas, actividad en el comercio y en la hostelería.
No se trata de competir con los grandes festivales de verano ni de replicar modelos masivos. Al contrario: el valor de Benicàssim Escena estaría precisamente en su escala humana, en su carácter cercano y en su capacidad para atraer a un público interesado en las artes escénicas.
Además, Benicàssim cuenta con una ventaja fundamental: ya dispone de la infraestructura cultural necesaria. El teatro municipal y los espacios expositivos del municipio permiten organizar un festival de estas características sin necesidad de grandes inversiones en instalaciones.
Esto significa que el proyecto puede desarrollarse con un presupuesto relativamente contenido, especialmente si se complementa con líneas de financiación cultural de otras administraciones y con posibles colaboraciones del tejido económico local.
Pero más allá de los números, lo verdaderamente importante es el mensaje que transmite una iniciativa así: que la cultura no es únicamente un elemento de ocio, sino también una herramienta de desarrollo territorial. Que una ciudad puede construir su identidad no solo a partir de su paisaje o de su clima, sino también a partir de sus propuestas culturales.
Benicàssim ya ha demostrado en otras ocasiones que sabe apostar por proyectos que combinan creatividad, proyección exterior y participación ciudadana. Benicàssim Escena podría ser el siguiente paso en esa trayectoria: un festival que invite a residentes y visitantes a encontrarse con el teatro en un momento del año en el que la ciudad empieza a despertar de nuevo hacia la primavera.
Porque, al fin y al cabo, el teatro tiene algo en común con las ciudades: ambos necesitan público, conversación y vida para existir.
Y quizá marzo sea un buen momento para levantar el telón.




























