Rafa Cerdá. Abogado.
Vivimos en un mundo revuelto. Siempre plagado de problemas y lleno de preocupaciones; la realidad nos destroza las mejores expectativas que proyectamos hacia el futuro, en forma de un tortazo de incertidumbre, alejando para demasiadas personas una mínima esperanza de ver mejorar su situación. Ojo no me considero un agorero, de peores hemos salido. Nuestros abuelos lidiaron con una durísimo postguerra así como la generación de mis padres afrontaron la dura tarea de reconciliar a las dos Españas en el ilusionante proyecto de una nueva democracia donde los vencedores y los derrotados de la Guerra Civil, dejaran atrás sus trincheras y dieran paso a un marco de convivencia.
Sin embargo la sempiterna crisis económica, y su lentísima salida, ha sesgado en amplias capas sociales una brecha demasiado amplia para ser cerrada en unos pocos años. Prácticamente llevamos casi una década de estancamiento económico, y en lugar de ofrecer las instituciones públicas una imagen de solidez y eficacia, los responsables políticos han incrementado todavía más el amplio listado de problemas: corrupción sin freno, ausencia de transparencia en el manejo del dinero del contribuyente, lentitud en implementar políticas eficaces, sectarismo, lejanía de las aspiraciones ciudadanas, y así un largo etcétera que acaba confluyendo en un creciente sentimiento de frustración cívico.
Pero, esta frustración y el consiguiente desencanto no pueden enmascarar conductas que sencillamente quiebran los elementales normas de convivencia. A mi juicio se ha extendido una sensación de "si los políticos nos roban y se saltan la ley ¿por qué nosotros no?". Y de repente toda una amalgama de movimientos ocupan edificios privados, se adueñan de los espacios públicos, protagonizan actos vandálicos destrozando todo lo que se les pone por delante...y la culpa acaba recayendo sobre la Policía, por ‘provocar’, al tiempo que un cierto sentimiento de simpatía se vislumbra en algunos sectores opinión al considerar el uso de la violencia de estos grupúsculos derivados del ‘cabreo de la gente’. ¿Perdón?, yo también me cabreo y no la emprendo a palos con el mobiliario urbano de mi barrio, o metiéndome en una vivienda que no es la mía.
Ante las dificultades se requiere fortaleza, circunstancia que no debe confundirse con ‘mano dura’. Sencillamente estoy defendiendo que la sociedad occidental no puede permitirse el lujo de permanecer aletargada mientras extremismos políticos por un lado, y terrorismo islámico por otro, se van colando por las rendijas de nuestras democracias, socavando los cimientos de los valores de libertad, pluralismo y tolerancia.
Nuestro país es un perfecto reflejo de esta debilidad a la que aludo; se publicita un cartel en el que se exhibe a la Virgen de los Desamparados y a la de Monserrat enfrascadas en un beso en la boca, se supone que como símbolo de libertad Afectiva. Perfecto: animo a los responsables de la campaña a publicar el mismo cartel, y con idéntico sentido, usando al Profeta Mahoma y a su yerno Alí enfrascados en un amoroso ósculo, ¿se atreverían? Aventuro la respuesta: contra la Iglesia Católica todo vale, pero contra los radicales religiosos que arrojan homosexuales por las azoteas (terribles vídeos) y perpetran ataques terroristas en nuestras capitales, y a la mujer la borran del mapa... ni mú. Nada de nada. No sea que caiga el sambenito de ser declarados "intolerantes".
Por ello, defino la época histórica que protagonizamos como débil, y nosotros ciudadanos estamos siendo más que débiles: estamos siendo cobardes. Y si no reaccionamos a tiempo, nuestra sistema de libertades será la víctima. Y todos nosotros, en parte, responsables.

























