Durante años pensé que me cambiaban de centro porque confiaban en mí. Con el tiempo entendí que, muchas veces, me movían porque era el que arreglaba los problemas.
Sí, durante más de 20 años en la empresa en la que trabajé viví algo que durante mucho tiempo interpreté como un éxito profesional.
Era de los pocos directivos que cambiaban de centro cada dos o tres años.
Mientras tanto, otros compañeros podían permanecer diez o incluso quince años (o más) en el mismo lugar.
Al principio lo veía como algo positivo. Pensaba que era confianza, reconocimiento o una oportunidad de crecimiento.
Y seguramente, en parte, también lo era.
Pero con el paso del tiempo empecé a ver otra cara de la historia.
Cada cambio significaba empezar de nuevo. Nuevo equipo. Nueva cultura. Nuevos retos. Y muchas veces también significaba mover algo más que un despacho.
Significaba cambiar de ciudad. Reorganizar mi vida familiar. Que tu pareja volviera a adaptarse. Que tus hijos empiecen otra vez en un nuevo colegio.
Y así estuve muchos años, como en la película del día de la marmota.
Y entonces empiezas a hacerte algunas preguntas: ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo me van a reconocer que valgo para algo más que levantar centros, resultados, cifras y dejar un equipo mejor que como lo encontré?
Porque en muchas organizaciones ocurre algo curioso.
Cuando un centro tiene problemas, no siempre se interviene donde está el origen. A veces es el liderazgo, la cultura organizativa, etc. Muchas veces se mueve al que sabe arreglarlo.
Al profesional fiable. Al que responde. Al que no se queja. Al que entrega resultados. Y sí, sé que lo estás pensando,..., al tonto del bote.
Ese "tonto" que acaba convirtiéndose en el comodín de la organización.
Y lo que inicialmente parece reconocimiento puede acabar siendo otra cosa.
Una forma de gestionar los problemas, sin resolverlos.
En esa misma empresa, recuerdo a un senior que llevaba casi 20 años sin que lo movieran, decirme: "Tú mantente en la línea media, ni por arriba para que no te puteen ni por abajo para que no tengas problemas". Y sí, por desgracia, eso es lo que hay en muchas empresas mal dirigidas: mediocridad.
Cuando las empresas cargan siempre sobre los mismos, el mensaje es muy claro:
👉 al que responde se le exige cada vez más
👉 al que incomoda se le evita
👉 al que falla se le tolera demasiado
Y eso no es un problema de gestión.
Es un problema de liderazgo y de cultura organizativa.
Las grandes organizaciones no deberían funcionar moviendo a los que arreglan los problemas. Y mi exempresa no fue la única, conozca tantas ...
Las empresas deberían funcionar desarrollando a las personas y corrigiendo aquello que no funciona.
Porque cuando el sistema se acostumbra a utilizar siempre a los mismos para sostener los resultados, corre un riesgo enorme:
Acabar agotando precisamente a quienes hacen que la empresa avance y eso, con el tiempo, se paga.
Cuando una organización entra en esa dinámica, no basta con mover personas.
Hace falta parar, analizar qué está pasando y actuar con decisión sobre la cultura, el liderazgo y la estructura.
Ahí es donde muchas empresas recurren a perfiles externos que puedan intervenir con objetividad, experiencia y foco en resultados.
Es precisamente el trabajo que realizo hoy como interim manager y consultor empresarial, acompañando a organizaciones en momentos de transición, transformación o mejora de equipos.
Porque a veces la solución no es seguir moviendo al que resuelve.
La solución es cambiar el sistema que genera los problemas.
Y tú: ¿Lo has visto alguna vez en una organización?
































