Nos levantamos y, en muchas ocasiones, antes incluso de salir de la cama, ya hemos mirado el móvil: el WhatsApp, Instagram, Facebook... Y casi sin darnos cuenta ya estamos pensando en todo lo que tenemos que hacer durante el día. Después viene el trabajo, los horarios, los recados, las llamadas, los correos, las obligaciones familiares, las cosas de casa y esos pequeños imprevistos que aparecen cuando menos te lo esperas. Llegamos al final del día cansados, pero muchas veces no conseguimos parar. Nos sentamos en el sofá y seguimos pensando en mañana. Creo que hemos llegado a un punto en el que estar permanentemente ocupados se ha convertido en algo bastante normal y, con ello, también hemos empezado a normalizar algo que no deberíamos: convivir continuamente con el estrés.
El estrés forma parte de nuestra vida, de nuestro día a día, y no necesariamente tiene que ser siempre algo negativo. Hay situaciones que nos obligan a activarnos, concentrarnos y reaccionar con rapidez. Por ejemplo, un plazo que tenemos que cumplir, una decisión importante, un problema inesperado o una situación familiar que requiere nuestra atención pueden provocar una respuesta de estrés totalmente comprensible. El problema aparece cuando esa activación deja de ser algo puntual y vivimos como si siempre hubiera algo urgente esperando. Y esto no es solo una percepción. Las investigaciones actuales sobre estrés crónico nos dicen que puede afectar al sueño, al cansancio, a nuestra capacidad para concentrarnos e incluso a la memoria. Al final se genera un círculo bastante fácil de reconocer: estoy preocupado y duermo peor; como he dormido peor, estoy más cansado, tengo menos paciencia y me cuesta más concentrarme; al afrontar peor los problemas del día, termino todavía más preocupado.
Hay otra cuestión que me parece especialmente interesante. No todas las personas vivimos una misma situación con el mismo nivel de estrés. La investigación habla de “estrés percibido”, es decir, no solamente importa aquello que nos pasa, sino también cómo vivimos aquello que nos pasa. Una situación suele generarnos más estrés cuando la sentimos imprevisible, cuando creemos que no tenemos control sobre ella o cuando pensamos que las exigencias que tenemos delante son mayores que nuestros recursos para poder afrontarlas. Por eso dos personas pueden encontrarse ante una situación aparentemente parecida y vivirla de una forma completamente diferente. Y tampoco significa que “todo esté en nuestra cabeza”. No. Hay trabajos realmente exigentes, situaciones económicas difíciles, problemas familiares, enfermedades, responsabilidades de cuidado o determinadas condiciones laborales que generan muchísimo estrés. Lo que ocurre es que, junto a todo ello, también tenemos formas diferentes de afrontarlo.
Durante años hemos escuchado multitud de consejos para combatir el estrés: respira —inhala cuatro segundos y exhala seis—, haz deporte, piensa en positivo, medita cinco minutos, duerme ocho horas... Y algunas de estas cosas pueden ayudar, claro que sí. Pero creo que tenemos que tener cuidado con no convertir también la gestión del estrés en otra obligación. Si una persona está saturada y le damos una lista con quince cosas que tiene que hacer para dejar de estar saturada, quizá no le estemos ayudando demasiado. Y lo curioso es que la propia ciencia tampoco nos dice que exista una única solución. Una investigación reciente realizada con 327 trabajadores durante seis semanas encontró mejores resultados cuando se combinaron distintas estrategias, como actividad física, acompañamiento psicológico, actividades grupales y apoyo tecnológico, que cuando se utilizaba solamente la tecnología. Es decir, cada vez parece más claro que el estrés no tiene una única causa y tampoco parece lógico pensar que tenga una única solución.
Esto me parece importante porque nos aleja de esas soluciones rápidas que a veces buscamos. Una aplicación puede ayudarnos. Caminar puede servirnos para despejarnos. Aprender alguna técnica de respiración o de regulación emocional también puede ser útil. Hablar con alguien, evidentemente, también. Incluso algunas investigaciones sobre mindfulness encuentran reducciones del estrés y de la ansiedad en determinados colectivos. Pero ninguna de estas herramientas, por sí sola, va a solucionar necesariamente una situación que llevamos arrastrando durante meses. Las grandes revisiones científicas sobre intervenciones en salud mental laboral encuentran mejoras con diferentes estrategias, aunque muchas veces los efectos son pequeños o moderados. Dicho de otra manera: hay cosas que funcionan, pero no existen milagros.
También creo que deberíamos preguntarnos hasta qué punto hemos convertido el estrés en una especie de reconocimiento social. Hay personas que cuando les preguntas cómo están responden “no paro” casi con orgullo. Parece que tener la agenda llena significa que somos importantes, productivos o que estamos aprovechando bien nuestra vida. Pero estar permanentemente ocupados no significa necesariamente estar viviendo mejor. Nuestro cuerpo y nuestra cabeza también necesitan recuperar, necesitan desconectar para volver a conectar. Y descansar no debería ser algo que hacemos únicamente cuando ya no podemos más. Si esperamos a estar completamente agotados para parar, probablemente hemos esperado demasiado.
Por eso gestionar el estrés no consiste únicamente en aprender a relajarnos. También implica aprender a reconocer qué nos está pasando. Preguntarnos qué situaciones nos están desbordando, cuáles podemos cambiar, cuáles tenemos que aceptar durante un tiempo y ante cuáles necesitamos pedir ayuda. También supone reconocer nuestros límites y, a veces, aprender a decir que no. Y hay otra cuestión que me parece fundamental: no todo el estrés depende de nosotros. Hay entornos laborales, familiares y sociales que también tienen que cambiar. No podemos pedir a una persona que aprenda a respirar mejor para aguantar indefinidamente una situación que la está desbordando.
Quizá, por tanto, el problema no sea tener estrés. Todos vamos a tenerlo en determinados momentos de nuestra vida. El problema aparece cuando dejamos de reconocerlo porque lo hemos convertido en nuestra forma habitual de vivir. Cuando dormir mal se vuelve normal. Cuando estamos con nuestra familia pero nuestra cabeza continúa en el trabajo. Cuando miramos el correo a cualquier hora. Cuando un pequeño contratiempo nos supera porque llegamos al final del día prácticamente sin energía. O cuando ya ni siquiera recordamos cuándo fue la última vez que estuvimos un rato sin pensar en todo lo que teníamos pendiente.
Quizá nos estamos haciendo una pregunta equivocada. No deberíamos preguntarnos solamente cómo eliminar el estrés, porque probablemente no podamos ni necesitemos eliminarlo completamente. Tal vez la pregunta sea mucho más sencilla: ¿cuánto tiempo llevamos viviendo así y por qué hemos empezado a considerarlo normal?
Y quizá esa sea la primera señal que deberíamos aprender a escuchar.

























