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sábado, 26 de noviembre del 2022 | Última actualización: 17:48

Las emocionales rotas ante el Covid 19

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María B. Alonso Fabregat. Psicóloga Clínica y Forense. Coordinadora del Centro Asociado de la UNED de Vila-real.

Ante esta nueva situación de “pandemia global” que ha llegado con el virus Covid-19, y entendiendo que se trata de un agente muy fuerte de estrés, por el conglomerado de diferentes estresores y por su naturaleza no controlable, que a la par desarrolla en todos nosotros una fuerte respuesta emocional negativa, ya que existe y percibimos fuertemente un riesgo para nosotros y nuestros seres queridos y que, junto con todas las otras consecuencias negativas del estado de alarma, no es de extrañar pues, que genere en todos y en diferentes medidas, emociones negativas y complejas como pueden ser el miedo, la ira, el enfado o una combinación de todas.

El ser humano, el sentir esa complejidad emocional tan diversa y cambiante, le lleva a la búsqueda de responsabilidad, para dar sentido a todo lo que estamos viviendo. Es común la búsqueda de sentido, de razón o lógica de lo que pasa a nuestro alrededor, la ciencia es el resultado de la especie humana en la búsqueda constante de sentido para los sucesos que nos rodean.

La necesidad de la búsqueda de sentido a lo que pasa a nuestro alrededor, tan propia de la especie humana, vino dada inicialmente con los dioses y sus enfados con los humanos, los causantes de las enfermedades, plagas y pandemias, o al menos eso creían los individuos de las cibis primitivas. Al ser humano le quedaba el papel de obedecer a una infinidad de dioses, para no enfermar. Para entenderlo, sólo hay que hacer un análisis de las respuestas que daban las diferentes civilizaciones para no enfadar a los dioses y que no les enviaran una plaga o una enfermedad: formas de agasajar a los dioses en pro de no provocar su ira, se hacían con diversas ofrendas y rituales, que vistas desde nuestra sociedad actual pueden parecer, en el mejor de los casos como pintorescas, y en el peor, como crueles.

Pero si tuviéramos que determinar las emociones más relevantes en este caso, con el Covid-19, tras una visión objetiva y critica, qué duda cabe que éstas serían el miedo, el enfado y la ira. Las personas salen a la calle con miedo. Tienen miedo por los suyos, por sus mayores, de que su entorno enferme, y realizan elaborados planes de higiene diarios. Además, el enfado y la ira también influyen en ésta búsqueda de sentido de la que hemos hablado: no somos capaces de atribuir al destino o al azar caprichoso de la naturaleza y buscamos responsables, cercanos o lejanos, tiene que haber un culpable de que esto está así, de que nuestras vidas estén tan marcadas ylimitadas. Aparecen ideas sobre quien puede haber provocado esto, sin fundamento científico, y aparece también la necesidad de crear noticias falsas y especulativas, que apoyen dichas conjeturas. Pero está claro que las circunstancias actuales escapan a esto. Con el Covid-19, el problema nos ha venido grande a todos y todas, porque por su naturaleza, es difícil de controlar. Y esto nos genera miedo, que se puede manifestar con diferentes actitudes dependiendo de la persona.

El miedo siempre ha permitido protegerse de fuentes de daño, y por otro lado, el miedo a morir, a la perdida de los significativos, de esas figuras de apego y cuidado, es etológico y por tanto está en la esencia de la propia vida. La percepción de la muerte cercana o acechando siempre ha generado la necesidad del ser humano de gestionarla, con mitos, rituales y acciones que se valoran como acciones de protección.

También podemos entender el miedo como producto de la incertidumbre, del no saber qué va a pasar, de no depender de lo que es nuestra acción y estar la respuestafuera del control voluntario de la persona. Este miedo es un miedo de preservación, propio de situaciones novedosas, con este se proporciona la capacidad cognitiva de estar preparado para tomar decisiones novedosas, para la acción. Es decir, hay un miedo adaptativo que moviliza un repertorio de estrategias de afrontamiento novedosas, y hay un miedo patológico que nos paraliza y nos mantiene estancados. Posiblemente en este momento se estén produciendo ambos tipos de miedo.

A lo largo de la historia, y a lo largo y ancho del planeta Tierra,  en cualquier cultura se conocen rituales de defunción, de muerte, las celebraciones a los muertos, fiestas populares, donde la vida y la muerte se solapan. Estas diferentes acciones preparan a las personas a aceptar la pérdida, acompañan y ayudan a las familias a integrar lo que ha ocurrido. Esto también lo ha roto el Covid 19. Las personas no se despiden de sus seres queridos, no pueden realizar las acciones propias de su cultura, no pueden expresar sus emociones como lo venían haciendo ante la pérdida de un ser querido. El ritual funerario es universal.

Las artes plásticas y escénicas son un claro indicador de esta necesidad humana de ritualizar situaciones de tanta carga emocional, el cine ha manifestado a lo largo de su desarrollo con diferentes títulos dicha necesidad de tratar y manejar la muerte, basta ver títulos como: “¿Conoces a Joe Black?”; “Los otros”; “La novia cadáver” o “El sexto sentido” y como no, en nuestro entorno la obra de Zorrilla: “Don Juan Tenorio”, que difícil es pensar en un día de difuntos de nuestra vida, sin ver en alguna ocasión o en el cine o en obra de teatro a “Don Juan Tenorio”.  O en el caso de las artes plásticas, ejemplos como: “El Caballero de la muerte” de Alberto Durero; “La isla de los muertos” de Arnold Höcklin; “Muerte y vida” de Gustav Klimt, el listado de obras y manifestaciones artísticas  relacionadas con la muerte es interminable.

El Hombre es la única especie que tiene conciencia de muerte y por tanto conciencia de “ser viviente”, como lo recoge la filosofía. Se hace preciso también el acompañamiento a nuestros seres queridos en ese trance, para que se sientan apoyados en ese momento que les separa de la vida. Es esa “doble dependencia emocional” del que se va -sentir a sus seres queridos- y del que se queda -acompañar a ese ser querido que se va-. Aquí también la situación de “pandemia global”, nos ha quitado algo tan de la esencia del ser humano, como es dar y recibir amor en ese momento crítico del paso de la vida a la muerte.

Si añadimos que en nuestro contexto cultural, en occidente, la palabra muerte, está impregnada de tabú, algo difícil de nombrar, que hemos separado cada vez más del entorno de vida, del quehacer diario. Se hace imposible entender en este momento el bombardeo de cifras diarias de muerte, que estamos recibiendo, en nuestro entorno social por el Covid 19.

La forma de tabú y de no confrontación va creando más desasosiego, va generando expectativas que no favorecen la integración en el propio concepto de la vida que es la muerte, la dualidad vida-muerte debe de admitirse y pasa por la aceptación y el trabajo que conlleva una vida rica. Es vital, igual que a nuestra llegada a este mundo nos esperan con los brazos abiertos, con una sonrisa, que nuestra partida sea también desde esa misma posición cercana y afectiva de los nuestros. Es difícil en la distancia sustituir ese momento de amor, tan vital.

Con todo lo que está pasando se abre ante nosotros una nueva realidad, en relación al tratamiento social e individual de la muerte. El ser humano en su búsqueda infinita y eterna de sentido, ya ha empezado a crear sus nuevos rituales y mitos, ya sale a los balcones religiosamente a las ocho en punto, emocionado a aplaudir, ya enciende velas en interior de sus casas, o en sus balcones, ya toca sirenas, ya pone música para consolar a sus vecinos, ya se enfada con sus políticos y ya ha empezado a sentir en la distancia más cercanos a sus seres queridos.

Que duda cabe que, para poder superar las carencias de la ausencia de funerales en grupo y de la ausencia de cuidados paliativos familiares durante esta pandemia, generaremos todo un abanico de respuestas que nos van a sorprender una vez más a nosotros mismos como especie. Quizá este mismo escrito aporte algo en la necesidad y la búsqueda de sentido, que tanta falta nos hace para comprender cosas que se escapan.