Las noticias de esta semana nos han dejado con una desazón muy preocupante al anunciarnos que la inteligencia artificial va a destruir a la humanidad en una década. Mis esperanzas con respecto a la IA estaban puestas en que, en vez de destruirnos, nos pudiera ayudar a descubrir quién mató a Kennedy o quiénes fueron los autores del último robo de obras de arte del Louvre.
Dada la casi desaparición de la auténtica naturaleza del investigador policial puro, la IA parecía una herramienta muy interesante para suplir esa falta de policías investigadores. Sin embargo, no solo está causando preocupaciones sobre su capacidad de desintegrar la sociedad tal como la conocemos, sino que, incluso, sus máximos gurús y creadores mundiales en Silicon Valley han llegado a la conclusión de que debe frenarse su crecimiento al haberse detectado alarmantes fallos de seguridad interna.
Siempre nos han encandilado las novelas y producciones cinematográficas sobre esos investigadores de finales del siglo XIX que resolvían sus casos con mucho olfato (traducido en intuición, experiencia, instinto o perspicacia). No obstante, antes de que llegara el siglo XX, entró en tromba Bertillon con su antropometría criminal y, a la vez, el sistema de lectura de huellas dactilares de Galton que desplazó al anterior. Esto hizo que el olfato policial pasara a tener otros componentes y métodos objetivos para la resolución de los casos. Así, durante todo el pasado siglo, se fueron desarrollando distintos sistemas para descubrir e identificar a un criminal que no dependieran de su inculpación por testimonios o por las acciones deductivas del investigador; entre ellos, la fotografía, los cotejos del grupo sanguíneo, el análisis de cabellos, la ampliación de las huellas dactilares a las palmares o plantares, los otogramas, los análisis de restos en los cadáveres y, cómo no, un amplio desarrollo de la metodología de la medicina forense.
Un punto muy importante fue también, a finales del siglo XX, la introducción de los sistemas informáticos en la investigación. Se automatizaron las huellas supliéndose las crestas, núcleos y deltas por los puntos característicos del SAID, y se crearon sistemas de análisis y tratamiento de la información que apuntaban ya a una pre-IA capaz de descubrir al delincuente a través de bases de datos cruzadas.
El siglo XXI, aparte de la utilización del ADN y su consolidación en las labores policiales, continuó, como a finales del siglo pasado, con la búsqueda del mito de un sistema de inteligencia criminal que resolviera los casos por sí mismo, e incluso antes de que se produjeran los crímenes y se identificara a sus autores. Este sistema se alimenta de todos los métodos de investigación —como las vigilancias, los seguimientos, las fuentes, las evidencias de todo tipo, los perfiles psicológicos, el análisis de testimonios, las comparativas de casos y, cómo no, el IoT (internet de las cosas)— y de la inclusión de todos los megadatos posibles que nos ofrecen las Smart Cities o ciudades inteligentes. Todo ello está orientado a generar patrones que luego sirvan para la creación de algoritmos con los que calcular probabilidades matemáticas.
Se han conseguido grandes logros mediante la automatización de procesos, la optimización de recursos y el análisis masivo de datos: hay reconocimientos faciales a gran escala, búsqueda inmediata de matrículas de vehículos en espacios públicos y otras muchas operaciones policiales. Sin embargo, no se conoce ninguna pública que nos ofrezca una predicción adecuada o que materialice al autor de un delito si este no es contrastado con datos objetivos. Los intentos de conseguirlo en las simulaciones de delitos, e incluso en los casos de malos tratos, mediante aplicaciones como Veripol, se han descartado por su dificultad para ser presentados como prueba en el proceso penal.
Las reformas de la ley procesal, sobre todo la del año 2015, limitaron, por no decir que anularon, la capacidad de investigación prospectiva de la Policía. Se modificó la norma para que la Policía Judicial no tuviera que enviar obligatoriamente a los juzgados los atestados por delitos sin autor conocido (pequeños hurtos o robos menores), lo que cambió el archivo judicial por el policial sin que se recibiera, a posteriori, un impulso de la instrucción judicial; asimismo, se reformó de forma más garantista la investigación de los ciberdelitos. Todo ello ha creado un nuevo perfil de investigadores que trabajan casi exclusivamente con un esquema definido: una vez se cumplen los puntos de dicho esquema, la investigación se acaba, no se complica ni se va más allá.
Este tipo de investigadores-tramitadores actuales hacen echar de menos a los antiguos investigadores. Aquellos profesionales implicados y perseverantes; de esos que, en un homicidio, citaban a declarar siete u ocho veces a los sospechosos cada vez que veían un mínimo atisbo de prueba. Lebreros que no soltaban a su presa, que a mitad de la noche se despertaban porque se les encendía la bombilla de las ideas; esos investigadores sin horario y con una narrativa espectacular en los atestados policiales. Dada la desaparición de los mismos, nos quedaba la IA como última esperanza, capaz de conseguir algoritmos que nos dieran resultados asombrosos. Pero grande ha sido nuestra sorpresa al descubrir que su velocidad de crecimiento ha hecho que se sustraiga al control humano, y que algunos agentes avanzados de IA logren burlar los entornos de contención para conectarse a internet de forma autónoma, lo que significa el nacimiento de una superinteligencia capaz de automejorarse sin control humano.





















