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- 1 febrero, 2013 -

Miguel Bataller. Ciudadano del Mundo y Jubilado. Quienes me conocen bien, saben  que siempre he sido un defensor a ultranza de estimular la iniciativa privada...

Miguel Bataller. Ciudadano del Mundo y Jubilado.

Quienes me conocen bien, saben  que siempre he sido un defensor a ultranza de estimular la iniciativa privada de los jóvenes, para establecerse por si mismos en un mundo, en el que toda la juventud se había propuesto como objetivo llegar a conseguir una plaza de funcionario, tras aprobar unas oposiciones.

Durante mas de treinta años, me miraban como a un bicho raro mis amigos y familiares próximos, cuando les argumentaba que los españoles nos empeñábamos en nadar a favor de corriente e incluso motivábamos a nuestros hijos a convertirse en servidores públicos, en vez de encaminarles por la senda de creación de una economía productiva.

Me hablaban de una fobia mía que nunca existió.

Pero desde siempre tuve muy claro que un Estado en el que la función pública estuviera blindada, sólo era una universidad de vagos e irresponsables potenciales.

No digo que todos los funcionarios lo fueran, pero si que percibía y sigo percibiendo, que aquellos que no fuesen de unas profundas convicciones morales, y dotados de un sentido de la responsabilidad social y profesional muy arraigadas, crecían en un caldo de cultivo muy apropiado para acabar convirtiéndose en parásitos sociales, irrecuperables para una labor positiva en una sociedad moderna.

El principal objetivo, era aprobar unas oposiciones, y una vez aprobadas ya podrían vivir plácidamente el resto de sus vidas, sin tener que preocuparse de ganarse el puesto de trabajo día a día con su esfuerzo y su sacrificio personal.

Por eso, desde siempre me ha parecido una incongruencia el argumentar el consabido sonsonete de ‘para eso he aprobado unas oposiciones’, cuando el sistema de oposiciones en España, no siempre prima la mejor formación ni los mejores conocimientos, ya que muy a menudo son los años que se lleva trabajando como interino y suspendiendo oposiciones, lo que les dan los puntos necesarios, para obtener una plaza, que otros mucho mas jóvenes y formados no pueden cubrir por falta de puntos.

Pero no es eso lo que me ha movido a escribir esta columna, sino la tendencia actual del Gobierno, y de todas las instituciones, para reivindicar la figura del ‘Emprendedor’, ya que ahora parece ser que el ‘Empresario’ que era la palabra con que solíamos denominar a las personas que iniciaban un proyecto y lo llevaban a cabo, está tan desprestigiada, que todos tratan de cambiarle el nombre cuando la función es exactamente la misma.

Yo, que crecí profesionalmente en el post franquismo, tenía desde siempre muy claro que una “España de los funcionarios” estaba destinada al fracaso.

Y el fracaso se produjo como consecuencia de que en esa España, desprovista del necesario sentimiento empresarial, empezó a proliferar ‘la moral del pelotazo y se consideraba a los especuladores empresarios’, del mismo modo que ‘se consideraba a los malos funcionarios como trabajadores’, y entre unos y otros comprando y vendiendo favores a precio de saldo, hemos llegado a la presente situación.

Lamentablemente las funestas consecuencias de esa falta de sentido común, ni las han pagado los especuladores ni los malos funcionarios, sino los españoles ciegos, que no supimos discernir entre el trigo y la cizaña.

Los especuladores han sabido proteger sus patrimonios personales, los malos funcionarios fueron promovidos a cargos políticos, y entre unos y otros han arruinado a la nación, y ahora pretenden resucitar el sentimiento empresarial, para que les saquen una vez mas ‘las castañas del fuego’, a ver si con suerte con el esfuerzo de esos creadores de riqueza y la colaboración de la fuerza laboral recuperamos la economía del país, para permitirles a unos y otros seguir esquilmando a la gente de bien trabajadora y responsable.

Al menos algo me ha quedado muy claro.

Que un país sin empresarios, no tiene futuro.

Por mucho que se esfuercen los partidos de izquierdas y los sindicatos en destruir la imagen del empresario, en base a los especuladores que se llaman empresarios y con la colaboración de los políticos procedentes del cuerpo de funcionarios, España sólo saldrá del pozo en la que la han metido, limpiando de nuestras instituciones a quienes causaron el problema, juzgándoles, condenándoles  y haciendo que devuelvan todo lo robado, y acabando luego con una función pública adocenada, cómoda y blindada, transformándola en una institución en la que sus componentes, sepan que están al servicio de la ciudadanía y tienes que ganarse su puesto de trabajo con su esfuerzo diario y su responsabilidad personal.

Sólo con esas bases, se logrará la reconstrucción de una sociedad moderna, democrática y justa en la que cada cual cumpla su función social  adecuadamente.

Y me queda la satisfacción de pensar que durante más de treinta años, el equivocado no era yo, sino ellos.

 

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