Estamos respondiendo a todo. ¿Pero estamos entendiendo algo?

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Dos situaciones que se repiten a diario me han hecho reflexionar sobre cómo nos comunicamos y, especialmente, sobre lo que estamos perdiendo por el camino.

Ayer, cuando llegaba a casa, recibí un WhatsApp.

Era bastante tarde. El mensaje tenía que ver con una formación que tengo que impartir en Alicante. Había surgido un cambio de fechas y me proponían una alternativa. Yo leí el mensaje rápidamente, miré mi agenda y contesté que no podía. Propuse otra fecha y seguí con lo que estaba haciendo.

Esta mañana, cuando me levanté y ya con más calma, volví a revisar la conversación. Y me di cuenta de que me había equivocado. La fecha que me proponían sí era compatible con mi agenda. Había leído el mensaje sin prestar suficiente atención a la hora indicada.

Así que volví a escribirle a primera hora para rectificar.

La otra persona, que en ese momento iba caminando hacia su trabajo, me respondió. Pero, entre un mensaje y otro, también terminó confundiéndose con las fechas. Empezamos a intercambiar WhatsApps intentando aclarar algo que, en teoría, debería haber sido bastante sencillo. Hasta que decidí enviarle un audio que decía:

«Perdona, pero no te he entendido nada».

Su respuesta fue tan sencilla como reveladora:

«Perdona, Javier, yo también me he equivocado. Te he dicho una fecha que no era».

Nos habíamos equivocado los dos. Y lo curioso es que, cuanto más intentábamos aclararlo mediante mensajes rápidos, más estábamos complicando la conversación.

Pero la historia no termina aquí.

Unas horas después, hablaba nuevamente por WhatsApp con otra persona con la que tenía una comida. La misma la habíamos fijado hace más de un mes, pero finalmente no iba a poder asistir por un compromiso profesional. Los finales de año son una locura; si eres autónomo, seguro me entiendes.

Así que le propuse trasladarla a otra semana. Su respuesta fue que esa semana tampoco podía porque tenía otros compromisos. Cuando volví a leer su mensaje, me di cuenta de que estaba hablando de una semana diferente de la que yo había propuesto. Así que se lo aclaré. Y me respondió:

«Es verdad, no me había dado cuenta».

Otra vez pasaba lo mismo, en otra conversación, había un malentendido. Y todo en apenas unas horas.

¿Qué nos está pasando?

No sé si a vosotros os ocurre, pero tengo cada vez más la sensación de que vamos como pollos sin cabeza. Corriendo de una reunión a otra. Contestando correos mientras pensamos en la siguiente tarea. Leyendo WhatsApps, correos, etc. en diagonal. Escuchando a alguien mientras nuestra cabeza está preparando la respuesta. Y acumulando conversaciones que, en realidad, nunca terminamos de procesar.

Lo peor de todo es que tenemos más herramientas que nunca para comunicarnos, sin embargo, hay una pregunta que me parece fundamental:

¿Disponer de más canales de comunicación significa que nos estamos comunicando mejor?

Tengo serias dudas. Y no creo que el problema sea únicamente tecnológico. Creo que tiene mucho que ver con nuestra manera de trabajar, con la cultura de la inmediatez y con una peligrosa confusión entre estar disponibles y estar verdaderamente presentes.

Hemos aprendido a responder. Pero ¿sabemos escuchar?

En mi trabajo con directivos, líderes y equipos hablamos constantemente de la importancia de la comunicación, de la escucha activa, de la empatía, de la claridad de los mensajes y de la necesidad de comprobar que nuestros interlocutores han entendido lo que queremos transmitir. Son competencias que consideramos fundamentales para ejercer un liderazgo eficaz. Pero cada vez me pregunto más si estamos siendo coherentes con aquello que defendemos.

Para mí, la clave está en que escuchar requiere algo que parece haberse convertido en un lujo:

Tiempo y atención.

Es paradójico.

Queremos ganar tiempo comunicándonos más rápido, pero podemos terminar perdiéndolo porque nos comunicamos peor.

Una respuesta enviada en treinta segundos no es necesariamente una respuesta eficiente si después necesitamos diez minutos para aclararla.

Y eso me preocupa.

Como profesional que trabaja con personas, líderes y organizaciones, pero también como alguien que reconoce que ayer respondió demasiado deprisa y se equivocó (nadie está exento de estas situaciones).

Tal vez uno de los grandes retos del liderazgo actual no sea lograr que las personas se comuniquen más, sino que se entiendan mejor.

Y para eso, posiblemente, necesitamos algo menos de velocidad y bastante más atención.

Os dejo una pregunta:

¿Estamos construyendo organizaciones donde las personas tienen tiempo para escucharse y comprenderse, o simplemente organizaciones donde todo el mundo tiene que responder cada vez más rápido?

Me interesa conocer vuestra opinión.

www.javiergimenezdivieso.com