Cuando un líder pierde sus principios deja de liderar

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Hay frases que uno escucha de pequeño y no entiende del todo hasta muchos años después.

Recuerdo aquella expresión que se decía antes: "Un hombre se viste por los pies".

No sé si hoy la frase suena antigua. Probablemente sí. Pero detrás de esa expresión había una idea muy sencilla y profunda: una persona se mide por sus principios. Por su palabra. Por su forma de actuar cuando las cosas se complican. Por lo que hace cuando mantener la coherencia tiene un precio.

Y esto, llevado al liderazgo, me parece más importante que nunca.

Hablamos mucho de liderazgo. Hablamos de visión, de estrategia, de comunicación, de talento, de equipos, de transformación, de cultura y de resultados.

Pero hablamos menos de algo que está en la base de todo lo anterior: los principios.

Porque un líder sin principios puede tener poder, puede tener cargo, puede tener despacho, puede tener visibilidad, puede tener influencia e incluso puede tener seguidores durante un tiempo.

Pero no sé si podemos llamarlo realmente líder.

Un líder no es solo quien toma decisiones. Tampoco es solo quien consigue resultados. Un líder es alguien a quien los demás pueden mirar y pensar: “puedo confiar en esta persona”.

Y la confianza no nace de los discursos. Nace de la coherencia.

Nace cuando lo que una persona dice, lo que decide y lo que hace van razonablemente en la misma dirección.

No hablo de perfección. Nadie es perfecto. Todos nos equivocamos (yo el primero). Todos cambiamos de opinión. Todos hemos tenido que corregir decisiones o reconocer errores.

Pero una cosa es equivocarse y otra muy distinta es vivir instalado en la contradicción permanente.

Una cosa es cambiar de criterio porque has aprendido algo nuevo, y otra es decir una cosa hoy, hacer la contraria mañana y pretender que nadie se dé cuenta.

Una cosa es asumir una decisión difícil, y otra es esconderse detrás de excusas, medias verdades o silencios calculados.

Cuando eso ocurre, algo se rompe.

Y lo que se rompe no siempre se ve de inmediato, pero es muy difícil de recuperar: la credibilidad.

Lo vemos en las empresas. Lo vemos en las instituciones. Lo vemos en la vida pública. Y también lo vemos en equipos pequeños, en conversaciones de pasillo, en reuniones de dirección o en decisiones aparentemente menores.

Hay personas que quieren liderar desde el cargo.

Y hay personas que lideran desde la coherencia.

La diferencia es enorme.

Durante mi trayectoria profesional he conocido a muchos jefes. Algunos muy buenos técnicamente. Otros muy orientados a resultados. Algunos brillantes en el discurso. Otros con una enorme capacidad para moverse dentro de la organización. Y otros tóxicos (los dejamos para el final).

Pero líderes de verdad, de esos que dejan huella, no tantos.

Uno de ellos fue José María Cervera Lucini.

Lo recuerdo especialmente porque hizo algo que no es habitual. En un momento determinado, cuando desde arriba se le pidió actuar en contra de aquello en lo que él creía, decidió apartarse.

No fue una decisión cómoda, probablemente. No fue una decisión fácil, seguramente tampoco. No fue una decisión que probablemente le beneficiara en lo personal, casi con toda seguridad.

Pero fue una decisión coherente.

Él había defendido siempre la importancia del equipo. Había repetido muchas veces que un responsable no es nadie sin las personas que le acompañan. Había construido su forma de dirigir sobre una idea muy clara: los resultados importan, por supuesto, pero no a cualquier precio ni pasando por encima de las personas como si fueran piezas sustituibles.

Y cuando llegó el momento de elegir entre mantenerse en la silla o mantenerse fiel a sus principios, eligió sus principios.

Eso no se olvida.

Porque hay quien se agarra al cargo aunque tenga que tragarse todo lo que ha defendido durante años.

Y hay quien entiende que la silla no puede valer más que la dignidad.

Esto último, hoy, me parece casi revolucionario.

Vivimos un tiempo extraño. Un tiempo en el que muchas veces parece que todo se justifica si sirve para conservar el poder, la posición o la imagen. Un tiempo en el que la palabra se ha devaluado. Un tiempo en el que se dice una cosa y se hace otra con una naturalidad preocupante. Y parece que nos hemos acostumbrado.

Pero eso tiene consecuencias.

Porque cuando las personas dejan de creer en quienes lideran, aparece el cinismo. Primero de forma silenciosa. Después en los pasillos, en las reuniones, en los comentarios pequeños. Poco a poco, la gente deja de implicarse de verdad. Sigue cumpliendo, sí, pero ya no confía igual. Ya no se entrega igual. Ya no mira a quien dirige con el mismo respeto.

Y cuando la desconfianza se instala, los discursos sobre cultura, propósito o valores pierden mucha fuerza. No porque esas palabras no sean importantes, sino porque necesitan hechos que las sostengan. Sin coherencia, se quedan vacías.

Por eso recuerdo tanto a José María y me sirve de inspiración para este nuevo artículo para el periódico Castellón Información.

Quizá hablar de principios suene hoy un poco antiguo. Será que acabo de cumplir 52 tacos. Puede ser. Pero yo creo que es justo al revés. En un tiempo en el que sobra ruido y falta coherencia, encontrarse con personas que todavía sostienen su palabra se ha convertido casi en un tesoro.

Al final, las personas no siguen de verdad a quien simplemente manda. Siguen a quien respetan. Y el respeto no se impone desde un cargo. Se gana con hechos, con decisiones y con la capacidad de no traicionarse a uno mismo cuando hacerlo sería más cómodo.

Quizá el liderazgo empiece ahí.

¿Qué opinas? Me encantará conocer tu punto de vista.

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