En los últimos años, el debate sobre la inmigración ha pasado de ser una cuestión de gestión pública a convertirse en uno de los grandes campos de batalla emocional de la política española. El problema no es discutir sobre fronteras, integración o sostenibilidad de los servicios públicos —debate legítimo en cualquier democracia—, sino la manera en que ese debate se está construyendo.
La reciente propuesta titulada “Prioridad Nacional”, presentada por VOX en distintos ámbitos municipales, es un ejemplo claro de ello. El texto plantea que la inmigración masiva es responsable directa del deterioro de la sanidad, la vivienda, la seguridad y los servicios sociales. Además, propone priorizar a los españoles en el acceso a ayudas públicas y endurecer de manera radical las políticas hacia los migrantes. Esta propuesta contradice la presencia al completo de la Junta Provincial de Vox Castellón en la marcha por la libertad de Venezuela el 11 de enero de 2025, en apoyo a la comunidad venezolana que reside en Castellón. Si hace un año y medio no les había entrado la fiebre de la prioridad ¿por qué ahora se empeñan en discriminar a los hijos de los migrantes?
Desde una óptica estrictamente política, el documento puede interpretarse como una estrategia de movilización basada en el malestar social. Pero desde la perspectiva del humanismo cristiano, plantea cuestiones mucho más profundas y preocupantes.
El humanismo cristiano —base moral y filosófica de buena parte de la Europa democrática nacida tras la Segunda Guerra Mundial— parte de una idea sencilla pero esencial: toda persona posee una dignidad inviolable por el mero hecho de ser humana. No por su nacionalidad, ni por su utilidad económica, ni por el color de su pasaporte.
Eso no significa negar el derecho de los Estados a regular sus fronteras. Tampoco implica defender una inmigración sin control. La doctrina social cristiana siempre ha reconocido que las naciones tienen derecho y deber de proteger el bien común, ordenar los flujos migratorios y garantizar la cohesión social. Pero existe una línea moral que no debería cruzarse: convertir al extranjero en una amenaza colectiva o en el origen casi exclusivo de todos los males sociales.
Cuando el discurso político se construye sobre conceptos como “reemplazo”, “colapso” o “repatriar a todos”, el riesgo es evidente: dejar de hablar de personas para empezar a hablar de categorías abstractas y temibles. Y cuando eso ocurre, la convivencia empieza a deteriorarse mucho antes que los presupuestos públicos.
La historia europea debería habernos enseñado que las sociedades se fracturan cuando la política alimenta el miedo identitario y la sospecha permanente hacia determinados colectivos. El miedo puede ser rentable electoralmente, pero rara vez construye sociedades más justas o más estables.
Además, existe una paradoja que merece reflexión. Muchos de quienes defienden este tipo de propuestas apelan constantemente a las raíces cristianas de Europa. Sin embargo, resulta difícil reconciliar determinados tonos y mensajes con valores profundamente cristianos como la misericordia, la fraternidad, la hospitalidad o la dignidad universal de la persona.
El cristianismo humanista nunca ha defendido fronteras abiertas sin criterio, pero tampoco ha aceptado la deshumanización del vulnerable. Porque una sociedad verdaderamente fuerte no es la que grita más alto contra el diferente, sino la que sabe defender el orden sin perder la humanidad.
Castellón, como tantas provincias mediterráneas, conoce bien la convivencia entre culturas, el esfuerzo compartido y la realidad de miles de familias extranjeras que trabajan, pagan impuestos y forman parte de nuestros pueblos y ciudades. Reducir toda esa complejidad humana a un relato de amenaza colectiva no solo es injusto; también empobrece moralmente nuestro debate público.
España necesita hablar seriamente sobre inmigración, vivienda, seguridad y servicios públicos. Pero hacerlo desde la serenidad, la verdad y el respeto a la dignidad humana. Porque cuando la política sustituye el humanismo por el miedo, todos acabamos perdiendo algo esencial.




























