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jueves, 15 de enero de 2026 | Última actualización: 20:07

Renacer en el bautismo

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Este domingo, la Iglesia celebra la fiesta del bautismo de Jesús. En el río Jordán, Jesús, se hace solidario con los hombres y recibe el bautismo de penitencia de manos de Juan Bautista. Y al salir Jesús del agua “vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»” (Mt 3,16-17). Dios muestra así quién es Jesús, su identidad; Jesús es su Hijo amado, en el que habita el Espíritu Santo.

Estas palabras iluminan el bautismo cristiano: en él, la persona recibe una nueva identidad. El bautismo no es una mera tradición, un rito externo o una celebración familiar. En el bautismo, la persona nace de nuevo, renace a la vida de Dios y recibe una nueva vida que no se agota en lo biológico. Es lo que Jesús dice a Nicodemo: “el que no nazca de nuevo” y “el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 3.5). Esta expresión no es una metáfora piadosa, sino una realidad espiritual. Renacer del agua y del Espíritu implica una ruptura, un comienzo nuevo y una transformación continua. Una ruptura, porque se muere al pecado y al egoísmo que nos encierra en nosotros mismos; un comienzo nuevo, porque recibimos la vida misma de Dios, que nos capacita para amar como Él ama; y una transformación continua porque el bautismo no es algo puntual, sino una fuente que estamos llamados a dejar fluir a lo largo de toda la vida.

Ante la confusión actual sobre la identidad personal, el bautismo ofrece la certeza firme de que los bautizados somos en verdad hijos e hijas amados de Dios, miembros vivos del Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu Santo y miembros de la familia de Dios, la Iglesia.

El bautismo transforma toda la persona. Allí donde el mundo propone éxito sin verdad, poder sin servicio o libertad sin responsabilidad, el bautizado está llamado a vivir según el Espíritu, incluso cuando eso implique ir contracorriente. Vivir según el Espíritu, significa permitir que el Espíritu Santo guíe los deseos, pensamientos, palabras y acciones, buscando el Reino de Dios. 

El bautismo envía a ser testigos de Cristo. No con grandes discursos, sino con una vida coherente con la fe, marcada por la esperanza, la misericordia, el amor y la verdad. En un mundo herido por la violencia, la desigualdad y la soledad, el bautizado ha de ser signo de reconciliación, del cuidado del más débil y de confianza en Dios. No sólo en el ámbito privado de la persona, sino también en el ámbito social, dejando que el Evangelio ilumine las decisiones cotidianas.