Del oro al estiércol: la maldición política de Zapatero

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La mitología griega nos legó la historia del rey Midas, aquel monarca que deseó convertir en oro todo cuanto tocara. Lo que inicialmente parecía un don extraordinario terminó revelándose como una maldición. El oro invadió su vida hasta hacerla inhabitable. Lo que parecía riqueza acabó convirtiéndose en miseria.

Muchos años después, la política española parece haber conocido una versión inversa de aquella leyenda.

Si Midas convertía todo en oro, sus críticos sostienen que José Luis Rodríguez Zapatero ha protagonizado el fenómeno contrario: proyectos presentados como grandes oportunidades que, con el paso del tiempo, han terminado rodeados de controversias, decepciones o resultados muy alejados de las expectativas generadas.

La comparación no pretende ser literal. Midas era víctima de su ambición. En el caso de Zapatero, sus detractores ven un exceso de confianza en determinadas iniciativas políticas, económicas o internacionales que prometían prosperidad y prestigio y que, sin embargo, acabaron erosionando su imagen pública y la de quienes decidieron acompañarle en determinadas aventuras.

Lo más llamativo es que la sombra de esa percepción no se limita a su etapa como presidente. Muchos exmandatarios abandonan el foco político para convertirse en referentes institucionales, intelectuales o morales. En cambio, la figura de Zapatero sigue generando una intensa controversia pública. Cada nueva intervención, cada mediación internacional y cada aparición en debates de actualidad reabre la discusión sobre su legado.

La paradoja es evidente. Un expresidente debería ser una fuente de prestigio para su entorno. Sin embargo, cuando la reputación pública se convierte en objeto permanente de disputa, quienes aparecen vinculados a ella terminan soportando también parte del desgaste. No porque exista una responsabilidad compartida, sino porque la opinión pública tiende a proyectar sobre todo el círculo cercano los mismos interrogantes que formula sobre quien ocupa el centro del escenario.

La historia de Midas encerraba una enseñanza sencilla: no todo lo que brilla es oro. La política contemporánea añade una segunda lección: no todo lo que se presenta como un éxito termina siéndolo.

Quizá por eso la metáfora resulta tan poderosa. El oro de Midas acabó siendo inútil porque no podía alimentar, proteger ni hacer feliz a nadie. Y las supuestas joyas políticas que algunos proclamaron como grandes conquistas pueden terminar sufriendo un destino parecido cuando la realidad, el tiempo y los resultados las someten a examen.

La diferencia es que el rey mitológico descubrió demasiado tarde que su fortuna era una maldición. En política, son los ciudadanos quienes acaban juzgando si aquello que se les presentó como oro era realmente riqueza o si, tras el brillo inicial, no quedaba más que decepción y desencanto.

Porque la verdadera medida de un legado no está en los discursos, ni en las fotografías, ni en los elogios de los partidarios. Está en los resultados que permanecen cuando desaparece la propaganda.

Y es entonces cuando la historia decide si aquello que parecía oro sigue brillando o si, por el contrario, termina convertido en algo mucho menos noble.