Durante los últimos años hemos hablado mucho de bienestar. Probablemente más que nunca. Escuchamos hablar de bienestar emocional, salud mental, autocuidado, gestión del estrés, felicidad, resiliencia o inteligencia emocional. Son palabras que aparecen en las empresas, en las redes sociales, en los centros de salud, en las políticas sociales e incluso en nuestras conversaciones cotidianas. Pero hay una pregunta previa que quizá no nos hacemos tanto: ¿qué significa realmente estar bien?
Hoy en día parece que para “estar bien” tenemos que funcionar bien en todo momento y ser bastante productivos. Hay que trabajar, responder mensajes, resolver los problemas del día a día, cumplir horarios, hacer deporte, descansar, mantener una vida social y, además, por si fuera poco, estar de buen humor. Parece que no está demasiado bien visto decir que hoy nos sentimos mal, que estamos cansados, que no tenemos ganas de nada o, simplemente, que tenemos un mal día.
Y creo que aquí tenemos un problema. Hemos convertido el bienestar en una especie de “obligación”. Parece que para ser felices tenemos que cumplir una serie de hábitos y rutinas todos los días. Hacer deporte, comer bien, hacer los recados, ir a comprar, dormir ocho horas, aprovechar el tiempo cuando estamos en casa, estar motivados en el trabajo, organizar viajes, tener proyectos... Nos autoexigimos muchas cosas y, además, también nos exigimos sentir emociones positivas. Como si tuviéramos que estar siempre cara a la galería con una sonrisa, alegres, tranquilos y agradecidos prácticamente todo el tiempo.
Pero la vida no es así. Hay semanas complicadas en el trabajo, preocupaciones económicas, dificultades familiares, relaciones que cambian, pérdidas, decepciones, enfermedades y decisiones que no sabemos muy bien cómo afrontar. Hay días mejores y días peores. Hay buenas etapas y malas etapas. Y creo que también deberíamos empezar a normalizar eso. No siempre vamos a llegar a todo y tampoco vamos a sentirnos bien todos los días ni en cada momento del día.
Y esto implica algo que a mí me parece importante: tenemos derecho a estar mal. Puede parecer una obviedad, pero no siempre vivimos como si lo fuera. A veces estamos tan preocupados por recuperar rápidamente nuestro estado de ánimo habitual que ni siquiera nos permitimos entender qué nos está ocurriendo. No todo tiene que solucionarse el mismo día.
La investigación científica lleva años prestando cada vez más atención al bienestar psicológico, a la regulación emocional y a las estrategias que nos pueden ayudar en nuestra vida personal y profesional. Y una de las cuestiones que aparece con bastante claridad es que el bienestar no depende de una sola cosa. No existe una técnica, una aplicación móvil, una frase motivadora o cinco minutos de respiración que vayan a resolver nuestros problemas.
El bienestar tiene que ver con cómo nos sentimos, evidentemente, pero también con cómo valoramos nuestra vida, con nuestras relaciones, con la capacidad que tenemos para afrontar dificultades, con aquello que da sentido a lo que hacemos y también con las condiciones en las que vivimos. Por eso dos personas pueden encontrarse aparentemente en una situación similar y vivirla de una manera completamente diferente.
Quizá deberíamos empezar precisamente por ahí. Por dejar de pensar que estar bien significa estar felices todo el tiempo y empezar a entender el bienestar de una manera mucho más realista. Podemos estar bien y tener preocupaciones. Podemos tener una vida satisfactoria y pasar por momentos difíciles. Podemos sentir tristeza, miedo o enfado y seguir teniendo bienestar emocional.
Al final, vivir bien no significa que todo nos vaya bien. Creo que tiene mucho más que ver con conocernos, saber qué nos está pasando, aprender a pedir ayuda cuando la necesitamos y disponer, poco a poco, de herramientas para afrontar aquello que la vida nos depare. Y eso también se aprende.




























