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lunes, 04 de julio del 2022 | Última actualización: 01:49

El escudo de la falsedad

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Nos estamos acostumbrando muy mal a un comportamiento inhibitorio de la sociedad ante conductas públicas poco ejemplarizantes, ensanchando cada vez más espacios impermeabilizados (por usar una terminología al uso), ante instituciones y colectivos públicos cada vez más numerosos.

La política, el deporte y las grandes empresas, se mueven diariamente en la sociedad actual olvidadiza en extremo, incapaz, ante el ruido y la estridencia, de afrontar sus retos.

Exigimos constantemente transparencia. mesura y racionalidad en el comportamiento tanto individual como colectivo, observando con desagrado como las palabras vulneran principios y valores elementales, traicionando su significado cuando se pronuncian delante de un micrófono, se graban en conversaciones privadas o ante los focos de una cámara.

Contemplamos sobresaltados como la conducta poco honesta se vitorea, la falsedad se aplaude a rabiar y la mentira cosecha votos, mientras la ansiada transparencia de la gestión pública se ve obscurecida por la confusión, con lo que la responsabilidad política se evapora como el agua de una olla hirviendo, en una escenificación vergonzante, como si nada hubiera ocurrido.

En una parodia de la realidad, el partido aspirante a gobernar, se auto proclama como pandillero, callejero y tabernario, no por sus adversarios políticos, sino por su presidente al exaltar ensimismado a «el mayor activo político que presenta dicho partido» en otro desatino de sus lenguaraces líderes.

Me pregunto, en esta degradación extrema de la política, como se sentirán la mayoría de los votantes y muchos de sus militantes viviendo en el barrio Salamanca de Madrid o el Paseo de Gracia de Barcelona, con su «reconocido lenguaje, estilo y forma de callejear tan tabernario».

En las grandes capitales, pequeñas urbes y en los pueblos de la España despoblada de la que con tanto descaro dicen defender, las palabras calan, depositándose en la mochila de nuestra memoria.

Todos merecemos respeto y si se alardea de aspiraciones gubernamentales, mucho más, pues la ausencia de la verdad no se camufla con discursos vocingleros.

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