De Vila-real a dirigir en el Liceu, Josep Gil lleva su pasión por la música a los grandes escenarios de la ópera

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Tras crecer entre partituras y convertir su pasión en profesión, el director vila-realense vuelve al escenario barcelonés para dirigir ‘Aida’ de Verdi, una experiencia que ha marcado su trayectoria y que precede a su próximo debut en la Ópera de Houston, en Estados Unidos

De Vila-real a dirigir en el Liceu, Josep Gil lleva su pasión por la música a los grandes escenarios de la ópera
IMAGEN: Sergio Panizo

Cuando la orquesta empieza a afinar y faltan apenas unos minutos para que se levante el telón, Josep Gil intenta dejar la mente en blanco. A su alrededor, decenas de músicos se preparan para tocar y los cantantes se disponen a dar vida a una de las grandes óperas del repertorio. Él sabe que, en cuanto llegue la primera nota, ya no habrá vuelta atrás. Solo quedará seguir la música, escena a escena, durante más de tres horas.

“Cuando bajas al foso, ya está, ya no hay vuelta atrás”, nos confiesa Josep Gil, director musical nacido en Vila-real. En esos instantes previos a cada función, los nervios conviven con la concentración. Después, la música toma el mando.

Esa sensación ha acompañado a Gil durante su regreso al Gran Teatre del Liceu de Barcelona, donde se ha alternado con el director italiano Antonello Manacorda al frente de la dirección musical de ‘Aida’, de Giuseppe Verdi. La producción, que ha inaugurado la temporada 2026-2027 del teatro, lleva la firma escénica de la artista iraní Shirin Neshat y propone una mirada sobre la guerra, el poder y el amor imposible. Gil ha dirigido ocho de las funciones programadas entre septiembre y octubre.

Para él, sin embargo, volver al Liceu ha significado algo más que asumir una nueva responsabilidad profesional. Entre 2019 y 2022 trabajó allí como director asistente y conoció desde dentro el funcionamiento de una institución de referencia en el mundo de la ópera. Desde entonces, no había regresado para dirigir una producción de estas características. Por eso, cuando recibió la llamada para ponerse al frente de ‘Aida’, la ilusión llegó acompañada de una pregunta inevitable: ¿y si no salía bien?

“Pensé: madre mía, increíble, la oportunidad de mi vida volver al Liceu”, explica. La alegría, confiesa, pronto dejó espacio a los nervios. No era para menos. La propuesta suponía dirigir ocho funciones de una obra exigente, con distintos repartos y cambios de músicos y cantantes entre representaciones. “Al principio empecé a pensar: ¿y si sale mal?”, recuerda.

La experiencia terminó por convertirse en una de esas etapas que dejan huella. Gil asegura que las funciones fueron creciendo día tras día y que se sintió especialmente querido por el equipo del teatro. “Fue todo lo contrario. Fue muy bien, cada día mejor, cada función mejor”, cuenta. La satisfacción de volver a una casa que considera cercana se sumó al reto de demostrar que podía sostener una partitura de gran complejidad.

Una partitura que no permite desconectar

‘Aida’ exige al director una atención constante. La obra de Verdi alterna pasajes íntimos con grandes escenas corales y momentos de enorme intensidad orquestal. Para Gil, uno de los principales desafíos está precisamente en esa sucesión de contrastes: pasar de los pianísimos más delicados a la fuerza de la célebre marcha triunfal, con el coro y la orquesta desplegados al máximo.

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“Es una de las obras de Verdi más intensas y densas, explica. A la dificultad musical se sumaba la gestión de los distintos repartos. En una producción de estas dimensiones, el director debe estar pendiente de cada cantante y cada músico, mantener la cohesión entre todos y garantizar que la historia avance con sentido en cada función.”

Pero la dirección musical no se limita a seguir una partitura. También implica acompañar a quienes están sobre el escenario. Antes de comenzar, Gil procura pasar por los camerinos para saludar a los cantantes, darles ánimo y transmitirles confianza. Durante las horas que dura la ópera, explica, el director se convierte en uno de sus principales apoyos.

“Los cantantes te necesitan. Eres el único apoyo psicológico que tienen durante esas tres horas y pico”, señala. Es una forma de entender su trabajo que va más allá de marcar el ritmo o coordinar las entradas: estar presente, escuchar y crear las condiciones para que cada intérprete pueda dar lo mejor de sí mismo.

La concentración tampoco desaparece cuando termina la función. Después de tantas horas de música y adrenalina, desconectar resulta complicado. Gil necesita seguir en movimiento, salir a tomar algo, conversar con alguien o caminar. A veces, cuando no tenía compromisos después de la representación, paseaba por las Ramblas de Barcelona. Volver directamente al apartamento y quedarse quieto, reconoce, no era una opción: “Tu cabeza no para, tu cabeza va a mil”.

El silencio que lo dijo todo

De todas las funciones, hay una que guarda de una manera especial: la última. En el cuarto acto, en uno de los momentos más íntimos y dramáticos de la obra, sintió una conexión difícil de describir entre la cantante, la orquesta y el público. La música parecía sostener el tiempo y nadie quería romper aquella tensión.

“Salí del escenario y dije: hasta ahora ha sido la sensación más de arte total que he sentido en mi vida”, recuerda. No fue solo la interpretación, sino la impresión de que todos los elementos estaban unidos en un mismo instante. Para Gil, fue la prueba de que la música puede generar algo que no siempre se puede explicar con palabras.

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La emoción continuó al final de la ópera, cuando la muerte de Aida se cierra con un acorde delicado. Tras apagarse la última nota, el público permaneció en silencio durante unos segundos que al director le parecieron interminables. Nadie aplaudía. Nadie quería interrumpir aquel final.

“Hubo un silencio en el público que no había sentido nunca”, relata. Recuerda aquel momento como una despedida especialmente intensa, casi como si el teatro entero necesitara unos segundos para volver a la realidad. “La magia de la música surge en esos momentos, cuando se para todo y el mundo se queda ahí parado”.

Esa función terminó por darle un significado especial a la experiencia. Gil habla de satisfacción, pero también de la sensación de pertenecer a un entorno artístico en el que puede trabajar de tú a tú con grandes intérpretes y músicos. No se trata únicamente de alcanzar un escenario prestigioso, sino de sentirse preparado para estar allí y responder a la confianza depositada en él.

Volver a casa a través de la música

El camino hasta el Liceu comenzó mucho antes de Barcelona. Gil recuerda que su interés por la música apareció cuando era muy pequeño. Fue un amigo quien lo acercó a ese mundo y, alrededor de los siete años, empezó a insistir a sus padres en que quería dedicarse a la música.

Como tantos niños de la Comunitat Valenciana, inició su recorrido en el entorno de las bandas. Después, su formación lo llevó hasta Estonia, donde cursó estudios de dirección de orquesta y de coro en el Conservatorio Nacional de Tallin. Su trayectoria profesional incluye trabajos como asistente en instituciones como la Ópera Real de Valonia, el Teatro Real de Madrid, el Palau de les Arts de València y el propio Liceu. En 2021 debutó en el teatro barcelonés como director de ‘Lucia di Lammermoor’, de Donizetti.

Aun así, Vila-real continúa ocupando un lugar central en su vida profesional. Desde 2019, Gil es director artístico del ciclo de música clásica Crea Escena, un proyecto que busca acercar este repertorio al público de su ciudad y de la provincia. Su trabajo en grandes teatros convive así con una labor menos visible, pero que considera fundamental: impulsar la cultura desde casa y contribuir a que más personas descubran la música clásica.

“Los focos son muy bonitos, pero el día a día está muy en la sombra y, en verdad, te llena también”, afirma. Su compromiso no termina cuando baja del foso de una gran ópera. Continúa en los conciertos, en la programación y en el esfuerzo por acercar la música a nuevos públicos.

Quizá por eso, cuando piensa en los próximos pasos, no habla de una única meta que dé sentido a todas las demás. Prefiere asumir cada proyecto como una responsabilidad propia y avanzar con constancia. La experiencia de ‘Aida’ ha sido un hito, pero no una meta definitiva. Su próximo gran reto será cruzar el Atlántico para debutar en la Ópera de Houston, en Estados Unidos, una oportunidad que afronta con la misma ilusión con la que ha vivido su regreso al Liceu.

Entre el silencio previo a la primera nota y el que quedó suspendido en el Liceu al final de la última función, Josep Gil ha vivido una de esas experiencias que permanecen en la memoria. Y mientras su carrera lo lleva a nuevos escenarios, mantiene la mirada puesta también en Vila-real, el lugar donde empezó a imaginar que la música podía convertirse en su vida.