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- 1 diciembre, 2014 -

Rafa Cerdá Torres. Abogado. Algo se está moviendo en el seno de la Iglesia Católica: una postura firme, clara y de absoluta condena hacia... Más que un pecado

Rafa Cerdá Torres. Abogado.

Algo se está moviendo en el seno de la Iglesia Católica: una postura firme, clara y de absoluta condena hacia aquellos religiosos y sacerdotes que, amparados en su condición canónica, cometieron prácticas aberrantes con menores, provocando un irreparable daño cuyas secuelas psicológicas no se borran en toda una vida. Si bien es cierto que existe un recuerdo lleno de vergüenza: el silencio y ocultamiento de estas terribles conductas por parte de superiores y obispos, ha durado demasiadas décadas, y sólo a partir del final pasado siglo XX, el Vaticano ha roto la política de echar tierra encima a todo lo que pudiera sonar a “escándalo”.

Benedicto XVI agarró el toro por los cuernos, pidiendo perdón de forma pública por todo el dolor y daño infringido a las víctimas de los abusos sexuales cometidos a manos de sacerdotes, al tiempo que ordenaba a los Obispos máxima firmeza en atajar toda conducta de este tipo, apartando de forma inmediata del ejercicio sacerdotal a cualquier sospechoso que ofreciera un indicio racional de haber perpetrado cualquier comportamiento de esta índole.

El Papa Francisco ha dado continuidad a esta política de tolerancia cero, siendo él mismo quien se pusiera en contacto este mismo verano con él joven víctima de abusos sexuales cuando era un adolescente, a manos de un sacerdote granadino. Este muchacho volcó su trágica historia en una sentida carta dirigida directamente al Papa, quizás en busca de una ayuda que desde el arzobispado de Granada no pudo encontrar. Una llamada de apoyo y de perdón que quizás haya supuesto un cierto alivio para este joven valiente, quien ha evitado con su denuncia que otros jóvenes puedan revivir su calvario.

Por cuanto las actuaciones judiciales llevadas a cabo en este caso, todavía se encuentran en una fase muy inicial del procedimiento, prefiero retrasar cualquier consideración sobre personas concretas, o en relación a la actuación del propio Arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez, muy por detrás de los acontecimientos por lo que parece. Habida cuenta de la gravedad de los hechos, prudencia en los opiniones hasta que los tribunales de justicia no se hayan pronunciado. El Ministerio Fiscal ha admitido a trámite la denuncia, y el juzgado correspondiente ha imputado a varias personas. La justicia no debe distinguir si una conducta castigada por la ley, ha sido cometida por una persona que lleva sotana o bien viste un chándal. Sobre el culpable que caiga todo el peso del Código Penal. Si bien es cierto, que a título personal las conductas de abusos frente a menores, me producen una especial repugnancia, y en el seno de la Iglesia Católica, ha existido un enorme desamparo frente a las víctimas de tan horrendas conductas.

Los abusos no sólo merecen la consideración de pecado, también reciben el carácter de delito, y de un delito muy grave. El propio Jesús, en el Evangelio, muestra una contundencia desconocida cuando habla del daño ocasionado a un niño: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí más le valdría que le colgasen una piedra del molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar(Mateo 18, 6). Más claro, agua.

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