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miércoles, 06 de julio del 2022 | Última actualización: 21:39

Las naranjas, ¿enemigo público?

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Enrique Domínguez. Economista.

El hecho que provoca este artículo es totalmente anecdótico y podría entenderse como el recurso de un aprendiz de escritor con escasos temas sobre los que elucubrar.

El miércoles siete de octubre, a mediodía, y en la calle Tenerías de Castellón de la Plana, dos empleados de la empresa contratada para el servicio de mantenimiento de la ciudad estaban quitando las naranjas, todavía verdes, de los árboles frente al instituto Sos Baynat.

Casualmente pasaba por allí en mi ruta diaria para la compra de la prensa provincial y nacional y, como llovía sobre mojado por lo que luego explicaré, les pregunté por qué estaban haciendo aquello. Su respuesta, muy amable, fue que por una queja de la dirección del instituto debido a que algunos ciudadanos (llámenlos como gusten) se dedicaban a coger las naranjas y tirarlas (al suelo o contra el instituto, no recuerdo exactamente).

Me cabreé, en el buen sentido de la palabra, porque era con ésta la tercera vez, al menos, que los trabajadores de esa empresa, siguiendo órdenes por supuesto, quitaban las naranjas de esta calle; las dos primeras, en toda la calle allá por el pasado mes de enero, ya de color anaranjado el fruto, porque también otros desaprensivos las tiraban contra el suelo produciendo una reacción química con las baldosas, que quedaban manchadas de un color blanquecino. La tercera, la que estoy relatando.

Les comenté a los trabajadores que estaban quitando las naranjas (y que curiosamente algunas personas recogían de los grandes sacos en las que las depositaban) que, en lugar de quitarlas todas y tal como proponía en un artículo anterior, mantuvieran las situadas por encima de los dos metros, por aquello de que los desaprensivos ya no podrían alcanzarlas (dado que no tenemos tantos posibles jugadores de baloncesto entre nosotros). Pero no me hicieron caso.

Otra vez estos nuestros árboles, por suerte solo en una pequeña franja de la calle Tenerías, no consiguen que sus frutos coloreen la calle y destaquen sobre el color verde.

Otra vez se mata al mensajero (el fruto de los árboles) y no se soluciona el problema. Si los desaprensivos quieren tirar naranjas al suelo o contra las cristaleras del instituto, solamente tienen que ir unos metros más allá y aprovisionarse de munición. ¿Es esa la única manera de corregir el problema? ¿El culpable es el pobre naranjo?

Si es así, la solución la tienen muy clara. ¡Quiten todos los naranjos y ya no tendrán ese problema! Y planten ‘lledoners’ que hacen mucha más sombra. Pero, ¡cuidado! Si nuestros jóvenes emularan  a sus abuelos y, por estas fechas, aprovecharan ‘els lledons’ como hacíamos nosotros (aún no soy abuelo pero tengo cierta edad) seguramente se pasaría peor. Rebobinen sus recuerdos y sabrán lo que quiero decir.

Si ante cualquier queja, por más cualificada que sea, y no pongo en duda la de la dirección del instituto, ha de ser satisfecha por el gobierno local, si yo digo que tengo delante de mi casa un almez que me tapa la ventana o una palmera que dificulta mi visión, ¿recortarán sus ramas o la arrancarán?

A veces la naturaleza es muy sabia: a finales del pasado junio, motivo de otro de mis artículos, en la plaza Escultor Adsuara de la capital, se recortaron drásticamente los árboles recayentes sobre la acera y las ventanas del primer piso  a partir de otra queja vecinal. En el día de hoy, los árboles han vuelto a su esplendor inicial y, de momento, no se han vuelto a cortar. Mientras tanto, los cientos de viandantes de esa zona hemos tenido que padecer el fuerte sol de julio y agosto sin la sombra que producían.

En resumen, todo muy anecdótico pero que, por desgracia, se repetirá. ¡Hasta el próximo!