Violencia política

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En Europa sabemos que lo que ocurre en los Estados Unidos -modas, revueltas, aficiones- más bien pronto que tarde se traslada a este continente. Y en España sabemos que lo que sucede en otras partes de Europa y principalmente en Francia, de una forma u otra se traslada a nuestro país.

En los Estados Unidos lo que está pasando se llama Trump y esa es una enfermedad que dura entre cuatro y ocho años y es difícilmente exportable.

En Francia está ocurriendo desde hace algunos años un fenómeno bastante habitual en el país vecino: la violencia, que se dio en forma de revolución en 1789 y de movimiento estudiantil en mayo del 68. De este último fui testigo directo pues me encontraba en aquel año cursando estudios en La Sorbona parisiense, epicentro del movimiento.

De algún modo, la revuelta actual es más violenta y descontrolada que otras manifestaciones anteriores. Particularmente lamentable ha sido, no solo los pillajes y agresiones, sino sobre todo el incendio y destrucción del Ayuntamiento de Limoges un magnífico edificio del siglo XIX.

En España por el momento hemos implantado la violencia política y lleva camino de continuarse en la medida en que las fuerzas de derecha avancen y lleguen a triunfar el 29 de noviembre. Las consignas de la izquierda ya andan circulando por todas partes "De un modo u otro vamos a ganar" o "Después del 29 hay que incendiar las calles". Y para abrir boca y marcar el paso, los sindicatos organizan una huelga general con el pretexto de la vivienda o de la (mala) educación en contra de la oposición que, por definición, no ha podido ser en absoluto responsable de los errores de un gobierno disparatado.

Aún estamos en precampaña y los actos de la derecha, en especial de Vox, vienen ya acompañados de actos violentos que ponen en grave peligro a los políticos, y que intentan desalentar a sus seguidores a acompañarlos y escucharlos.

Banderas rojas, agitadores profesionales, piedras, adoquines, sillas vuelan por los aires contra los organizadores, contra sus seguidores y contra los escasos policías, que se ven incapaces de frenar la agresión.

Esto no ha hecho más que empezar. Poco importa a estos descerebrados que su agresión redunde en beneficio de los partidos víctimas de sus agresiones. Las expectativas de voto de Vox aumentan con cada acto de violencia. Pero esto es solo el preludio de lo que nos espera a partir de diciembre, en esta nuestra pobre democracia.

Aterra ver el rostro sonriente de Sánchez dirigiendo sus meetings y es igualmente aterrorizante ver a sus seguidores enfervorizados aplaudiendo a un líder que nos está guiando hacia la catástrofe. Sus votantes, ante los desastres que conocemos, no podrán considerarse como víctimas sino como cómplices.

No pienso votar a Vox porque no estoy de acuerdo con muchos de sus postulados políticos, pero me parece un partido tan legal y constituyente como pocos en España y comprenderé muy bien a quien le vote.