Hay una pregunta aparentemente sencilla que suelo plantear al inicio de muchas de mis formaciones: «¿Qué emoción estás sintiendo en este momento?».
Las respuestas, en ocasiones, me sorprenden. Algunas personas contestan «bien», otras «mal», «normal» o, sencillamente, «no lo sé». Y lo verdaderamente significativo es que esta dificultad no aparece únicamente entre niños o adolescentes. También la encuentro entre personas adultas, profesionales con una amplia trayectoria e incluso personas con toda una vida de experiencias a sus espaldas.
Esta realidad me lleva a una reflexión que hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, considero especialmente necesaria: ¿cómo pretendemos gestionar adecuadamente nuestras emociones si, en ocasiones, ni siquiera sabemos identificarlas?
Vivimos en una sociedad que nos exige adaptarnos continuamente, afrontar responsabilidades, tomar decisiones y responder a situaciones de incertidumbre. Sin embargo, no siempre hemos recibido las herramientas necesarias para comprender lo que sucede en nuestro interior. Aprendemos muchas cosas a lo largo de nuestra vida, pero ¿cuánto tiempo dedicamos realmente a aprender a conocernos emocionalmente?
En mis formaciones suelo comenzar trabajando la identificación emocional mediante herramientas tan sencillas como la rueda de las emociones y un glosario emocional. A través de ellas, las personas descubren que detrás de un «estoy mal» pueden esconderse emociones muy diferentes: tristeza, frustración, miedo, culpa, decepción o soledad. Y cada una de esas experiencias puede requerir una respuesta distinta.
No es lo mismo estar enfadado porque alguien ha vulnerado nuestros límites que sentir miedo ante una situación desconocida. Tampoco es igual experimentar tristeza por una pérdida que frustración porque nuestras expectativas no se han cumplido. Cuanto mejor comprendamos lo que sentimos, más posibilidades tendremos de elegir cómo responder.
Y aquí encontramos uno de los grandes retos de la educación emocional: no basta con reconocer una emoción. Necesitamos aprender a comprender por qué aparece, cómo influye en nuestros pensamientos y comportamientos y qué estrategias podemos utilizar para regularla de manera saludable.
Porque gestionar las emociones no significa reprimirlas, esconderlas o intentar estar siempre felices. Significa aprender a escucharlas, comprenderlas y responder a ellas sin hacernos daño ni perjudicar a quienes nos rodean. A veces será necesario detenernos, respirar, cambiar nuestra interpretación de una situación, establecer límites o pedir ayuda.
Las competencias emocionales pueden aprenderse y seguir desarrollándose en la edad adulta.
Y esto es algo que compruebo constantemente en mi labor formativa. Hay personas que descubren nuevas maneras de expresar sus emociones después de décadas sin haber reflexionado sobre ellas. Personas que comprenden que lo que consideraban simplemente «tener mal carácter» puede estar relacionado, en determinadas situaciones, con dificultades para regular la frustración. O que empiezan a reconocer la importancia de su propio bienestar después de años dedicados exclusivamente a atender las necesidades de los demás.
Por eso, siempre he defendido que la educación emocional debe entenderse desde la perspectiva del aprendizaje permanente.
En la infancia, es fundamental ayudar a identificar y expresar lo que sentimos. Durante la adolescencia, acompañar los cambios emocionales, fortalecer la autoestima y construir relaciones saludables. En la edad adulta, disponer de recursos para afrontar las responsabilidades personales, familiares y profesionales. Y en las personas mayores, seguir promoviendo el autoconocimiento, la adaptación a los cambios vitales, las relaciones sociales y el bienestar emocional.
La edad nos proporciona experiencias, pero no garantiza, por sí sola, que hayamos aprendido a gestionarlas emocionalmente.
Desde mi labor investigadora, centrada en la educación emocional y la formación permanente del profesorado, considero especialmente importante que quienes educan también dispongan de oportunidades para desarrollar sus propias competencias emocionales. Difícilmente podremos acompañar adecuadamente las emociones de nuestro alumnado si no dedicamos tiempo a conocer y cuidar las nuestras.
No podemos pedir a los centros educativos que desarrollen estas competencias sin ofrecer formación y apoyo al profesorado. Tampoco podemos exigir bienestar a los trabajadores sin promover entornos laborales saludables. Ni podemos hablar de envejecimiento activo olvidando la dimensión emocional de las personas mayores.
La educación emocional tiene que estar presente en nuestras escuelas, universidades, familias, empresas, administraciones y espacios de formación a lo largo de la vida. Debe formar parte de una apuesta continuada por el bienestar de las personas.
Conviene recordar, además, que la educación emocional no sustituye la atención psicológica ni psiquiátrica cuando esta es necesaria. La salud mental depende también de nuestras circunstancias personales, las relaciones sociales, las condiciones de vida y el acceso a una atención sanitaria adecuada. Aprender a gestionar nuestras emociones es una herramienta valiosa, pero no debemos trasladar a cada persona toda la responsabilidad de su sufrimiento.
Hoy, 10 de octubre, podemos aprovechar esta conmemoración para hacernos una pregunta diferente. En lugar de preguntarnos únicamente cómo estamos, preguntémonos qué estamos sintiendo, por qué y qué necesitamos.Tal vez descubramos que estamos cansados cuando creíamos estar enfadados, que sentimos miedo cuando parecíamos indiferentes o que necesitamos apoyo cuando llevamos demasiado tiempo intentando poder con todo.
Porque nunca es demasiado pronto para comenzar a educar nuestras emociones, ni demasiado tarde para aprender a gestionarlas.
Y porque cuidar nuestra salud mental no debería ser un propósito que recordemos únicamente cada 10 de octubre, sino un compromiso con nosotros mismos y con los demás durante los 365 días del año.





























