Ayer fui al circo con mi nieta y al terminar, todavía emocionada, me dijo:
"Abuelo, muchas gracias por hacerme tan feliz".
Y creo que pocas frases pueden resumir mejor una tarde.
Estuvimos en el Circo Raluy Legacy, en Sagunto. Disfrutamos muchísimo del espectáculo, pero hubo algo al comienzo de la función que consiguió que mi cabeza se fuera por otro camino.
Nos hablaron de su historia. De una familia vinculada al circo generación tras generación. De abuelos, padres, hijos. De personas que han ido recogiendo el testigo de quienes estuvieron antes que ellas. Incluso dedicaron unos minutos a recordar sus orígenes y a quienes hicieron posible que aquella historia comenzara.
Y mientras lo veía, inevitablemente pensé en mi propio abuelo. Recuerdo perfectamente la primera vez que fui al circo siendo un niño. Fui con él.
Décadas después estaba allí, sentado junto a mi nieta, viendo cómo se iluminaban sus ojos probablemente de una forma muy parecida a como se iluminaron los míos entonces.
Hay cosas que pasan de una generación a otra sin que apenas nos demos cuenta. Y eso me hizo pensar en una palabra que utilizamos mucho menos de lo que deberíamos:
legado.
En las empresas hablamos constantemente de resultados, crecimiento, rentabilidad, productividad, objetivos o cuota de mercado.
Todo eso importa.
Pero hay otra cuenta de resultados que nunca aparece en el balance. Es la que responde a una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué queda cuando nosotros ya no estamos?
Lo veo especialmente en pequeñas empresas y empresas familiares.
Detrás de muchas de ellas hay alguien que un día empezó prácticamente desde cero. Una persona que asumió riesgos, trabajó horas interminables, atravesó dificultades y consiguió construir algo que antes no existía.
Pero con el paso del tiempo podemos terminar olvidando esa historia. Y, sobre todo, podemos olvidar por qué comenzó.
Cuando una organización consigue transmitir a las nuevas generaciones no solamente un negocio, sino también el esfuerzo, los valores, la forma de entender el trabajo y el propósito que permitió construirlo, sucede algo importante.
La empresa deja de ser únicamente una actividad económica. Se convierte en una historia compartida. Ayer eso se percibía en el Raluy.
No hacía falta leer ningún manual de cultura corporativa. Estaba en la manera de hablar de quienes les precedieron, en el orgullo con el que explicaban su historia y en la sensación de que aquello era bastante más que simplemente 'un trabajo. Y creo que existe un aprendizaje importante para quienes dirigimos personas.
Hace unas semanas, durante una formación con los managers de una empresa, les decía que para mí un buen directivo no puede medirse exclusivamente por los resultados económicos que obtiene. Hay otra cuenta que también deberíamos mirar.
Así, cuando termines tu etapa al frente de un equipo, ¿cómo estarán las personas que han trabajado contigo? ¿Serán más autónomas? ¿Habrán aprendido? ¿Tendrán más capacidad para tomar decisiones? ¿Serán más maduras profesionalmente? ¿Tendrán mayor iniciativa? ¿Confiarán más en ellas mismas? ¿Habrás conseguido que alguna descubra capacidades que ni siquiera sabía que tenía?
Porque si ocurre algo de todo eso, probablemente también habrás obtenido un gran resultado. Solo que no aparecerá en ninguna cuenta de explotación.
Ese será tu legado.
Ayer salí del circo pensando en lo bien que lo pasamos en familia, pero, sobre todo, salí de la mano de mi nieta. Ella probablemente recordará a los acróbatas, las risas, la música y algunos momentos del espectáculo. Yo recordaré otra cosa. Recordaré aquella frase:
"Abuelo, muchas gracias por hacerme tan feliz".
Y pensaré que quizá el legado también sea eso. Conseguir que, mucho después de que nosotros hayamos pasado por un lugar, una empresa o la vida de una persona, algo bueno de nuestro paso permanezca allí.
¿Has pensado en cuál quieres que sea tu legado?




























