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jueves, 28 de mayo de 2026 | Última actualización: 19:41

Tu equipo no se apaga de repente

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Durante muchos años he trabajado en empresas, con equipos muy distintos, en momentos buenos y en momentos bastante complicados.

He vivido aperturas, cambios organizativos, conflictos, etapas de crecimiento, momentos de mucha presión, personas que se implicaban hasta el último minuto y otras que, sinceramente, ya venían desconectadas de casa.

Y después de todo ese recorrido, hay algo que cada vez tengo más claro: el liderazgo no se entiende de verdad en los libros, se entiende cuando estás delante de un equipo y tienes que tomar decisiones, explicar prioridades, escuchar problemas, corregir errores, reconocer esfuerzos y acompañar a personas que no siempre están pasando por su mejor momento.

La teoría ayuda, por supuesto. Sería absurdo negarlo. Hay modelos de liderazgo muy interesantes y muchos libros que aportan valor (incluido el mío). Pero en la empresa real, en esa que abre la persiana cada mañana, que tiene clientes esperando, márgenes que defender, personas que coordinar y problemas que resolver, el liderazgo se juega en el día a día.

Y ahí no basta con saber mucho.

Hay que practicarlo.

En mi tesis doctoral he tenido la oportunidad de profundizar todavía más en esta idea, hablando y analizando testimonios de líderes y empleados de diferentes empresas y sectores. Y curiosamente, más allá de los estilos de liderazgo, de las etiquetas y de los modelos teóricos, aparece una serie de prácticas que se repiten y que tienen un impacto enorme en cómo las personas viven su trabajo.

No hablo solo de motivación en sentido bonito. Hablo de satisfacción, implicación, compromiso y también de cosas que preocupan mucho a cualquier empresa: absentismo, rotación voluntaria, pérdida de talento, desafección o esa actitud tan peligrosa de “yo hago lo mínimo y ojalá llegue ya el viernes”.

A veces buscamos explicaciones muy sofisticadas a problemas que nacen de cosas bastante básicas.

Por supuesto que el salario importa. Y mucho. No podemos pedir compromiso infinito con condiciones insuficientes.

También importan los beneficios, la flexibilidad, el ambiente laboral, los compañeros y las oportunidades que ofrece la empresa. Todo eso suma o resta.

Pero hay algo que muchas veces se subestima: la relación diaria que una persona tiene con su responsable directo.

Y es que un buen jefe no puede arreglar todos los problemas de una empresa, pero un mal jefe puede estropear incluso una buena empresa.

Y esto, quienes hemos estado en organizaciones, lo sabemos perfectamente.

Porque si en el día a día las personas no tienen claridad, no se sienten apoyadas, no perciben justicia, no reciben reconocimiento o no ven posibilidades de desarrollo, entonces empiezan los problemas.

A veces no aparecen de golpe, pero poco a poco aparecen señales.

Primero baja la ilusión. Luego baja la iniciativa. Después aparece el silencio. Más tarde, llega la queja en los pasillos, en la máquina del café y finalmente, si la persona puede, se va. Y si no puede irse, muchas veces se queda físicamente, pero emocionalmente ya está fuera.

Y ese es uno de los grandes problemas silenciosos que sufren muchas empresas hoy en día.

En mi experiencia, hay seis prácticas que conviene tener muy presentes si queremos liderar mejor. Son sencillas de entender, pero no siempre fáciles de practicar: claridad, apoyo, autonomía con seguimiento, justicia, reconocimiento y desarrollo.

1) La claridad consiste en que las personas sepan qué se espera de ellas, cuáles son las prioridades y hacia dónde vamos. Parece evidente, pero no lo es tanto. He visto muchas veces equipos trabajando con buena voluntad, pero con mensajes confusos, objetivos cambiantes o prioridades que dependen del último correo recibido. Y cuando no hay claridad, aparece el desgaste. La gente no se quema solo por trabajar mucho; también se quema por trabajar mucho sin entender para qué o cambiando de dirección cada dos días.

2) El apoyo también marca una diferencia enorme. No se trata de estar encima de todo el mundo ni de resolver cada problema que aparezca. Se trata de estar presente, de facilitar recursos, de escuchar y de no desaparecer cuando la cosa se complica. Y claro, el equipo toma nota.

3) La autonomía es otra práctica clave, pero siempre acompañada de seguimiento. Dar autonomía no es decir “búscate la vida”. Y hacer seguimiento no es controlar hasta el último movimiento. Entre abandonar y asfixiar hay un punto intermedio bastante sano que se llama confianza responsable. Las personas necesitan margen para decidir, equivocarse, aprender y aportar, pero también necesitan saber que hay alguien acompañando, orientando y ayudando cuando hace falta.

4) La justicia quizá sea una de las más sensibles. Cuando en un equipo se perciben favoritismos, diferencias de trato, incoherencias o decisiones difíciles de explicar, el compromiso se deteriora. La injusticia no siempre provoca ruido, pero casi siempre deja huella.

5) El reconocimiento es otra práctica que parece pequeña y no lo es. Durante años he visto personas hacer esfuerzos enormes que pasaban completamente desapercibidos. Y también he visto cómo un reconocimiento sincero, concreto y oportuno podía cambiar la energía de alguien. No hablo de regalar aplausos vacíos, hablo de valorar el esfuerzo cuando toca, de decir “gracias”, de reconocer una buena decisión, una mejora, una actitud o una contribución importante. A veces no cuesta dinero; cuesta atención.

6) Y por último está el desarrollo. Las personas necesitan sentir que avanzan, que aprenden, que tienen futuro. No todo el mundo puede promocionar cada año, evidentemente. Pero sí podemos generar conversaciones de desarrollo, ofrecer nuevos retos, dar feedback útil, compartir conocimiento y ayudar a que cada persona mejore. Cuando alguien siente que lleva años en el mismo sitio, haciendo lo mismo y sin que nadie se interese por su crecimiento, es normal que se apague.

Todo esto puede parecer muy básico. Y quizás lo sea, pero precisamente por eso me preocupa. Porque muchas veces las empresas no fallan en lo sofisticado, fallan en lo básico.

Y muchas veces esa es la función de un CEO, directivo, interim manager o consultor: recordar lo básico, que no por ello es menos importante.

¿Qué opinas? Te leo en comentarios.

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