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miércoles, 15 de abril de 2026 | Última actualización: 21:03

Cuenta atrás electoral y memoria selectiva

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Entramos ya en la cuenta atrás para las próximas elecciones municipales y generales del 2027. Y, casi sin darnos cuenta, comienza a repetirse un fenómeno tan habitual como previsible: la reaparición súbita de muchos responsables políticos en la vida cotidiana de nuestros municipios.

Durante buena parte de la legislatura, tres años largos, su presencia ha sido más bien discreta, cuando no inexistente. Pero ahora, como si de un fenómeno estacional se tratara, empiezan a surgir “como champiñones”. De repente, los vemos en comercios, en actos sociales, paseando por las calles “en comandeta”, participando en la vida pública con una naturalidad que pretende transmitir cercanía… como si nunca se hubieran ido.

Es cierto que siempre hay excepciones. Hay perfiles que entienden la política como un ejercicio continuo de proximidad. Un ejemplo sería el alcalde de un municipio de la provincia, que además ejerce de diputado provincial, conocido por su presencia en bodas, bautizos, comuniones y entierros. Esta actitud que, independientemente de la valoración que cada cual pueda hacer de su gestión política, refleja una forma de entender el cargo desde la cercanía. Porque la política no solo se hace en los despachos: se construye en la calle, en el contacto diario. Y esa cercanía no puede limitarse al último año de mandato; debería ser una constante durante toda la legislatura.

Paralelamente, asistimos también a otro clásico: la aceleración de proyectos que parecían haber estado dormidos durante años. De pronto, se anuncian obras, se desbloquean inversiones, se limpian calles y se inauguran iniciativas que, curiosamente, llegan todas a la vez. No es casualidad. Se apela, una vez más, a la memoria cortoplacista de la ciudadanía.

Y en parte funciona. Tendemos a quedarnos con lo más reciente, con lo último vivido. Olvidamos con facilidad el recorrido completo de una legislatura. Incluso acontecimientos de enorme impacto, como una pandemia mundial sin precedentes, se diluyen con el paso del tiempo en el juicio político cotidiano.

Sin embargo, cumplir no debería ser solo una cuestión de resultados finales, sino también de presencia y de actitud durante todo el camino. Se tiende a medir mucho las apariciones públicas, quizás por temor a “quemarse” o desgastarse por demasiada exposición pública. Pero la política exige precisamente lo contrario: valentía para estar, para escuchar y para dar la cara de forma constante, incluso cuando no resulte cómodo.

En este contexto, también es justo reconocer cuando se hacen las cosas de otra manera. En Castellón, por ejemplo, Begoña Carrasco ha apostado por un mensaje claro y directo: “Cumplimos con la palabra dada”. Un eslogan sencillo, “cortita y al pie”, como se diría en el argot futbolístico, pero eficaz. Cada proyecto ejecutado se ha vinculado a ese compromiso, marcando con un “check” cada promesa electoral.

Y es que, en el fondo, no hay mayor valor en política —ni en la vida— que cumplir con lo prometido. Sin artificios. Sin excusas. Como bien dice la expresión tan nuestra, “faena feta, fa goig”.

Ahora bien, la reflexión no puede quedarse solo en los políticos. También nos interpela como ciudadanía. ¿Estamos cumpliendo nosotros con nuestra responsabilidad democrática? ¿Fiscalizamos realmente la acción de nuestros representantes? ¿Cuántos

ciudadanos se toman el tiempo de revisar el programa electoral de su municipio y comprobar qué se ha cumplido y qué no?

Exigir coherencia sin ejercer una vigilancia activa es, en el fondo, una forma de delegación pasiva. Y una democracia sana no puede sostenerse únicamente sobre la memoria selectiva ni sobre impulsos de última hora.

Quizá ha llegado el momento de que, igual que pedimos a nuestros gobernantes que marquen sus compromisos cumplidos, nosotros empecemos también a marcar los nuestros como ciudadanos. Porque votar cada cuatro años es importante, pero evaluar con criterio durante toda la legislatura, es imprescindible.