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- 27 diciembre, 2019 -

Jorge Fuentes. Embajador de España. La reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), facultando a los tres electos europarlamentarios (Puigdemont,... Imagen de España

Jorge Fuentes. Embajador de España.

La reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), facultando a los tres electos europarlamentarios (Puigdemont, Junqueras y Comín) a retirar sus acreditaciones y gozar de inmunidad desde el momento mismo de su elección, ha provocado una nueva tormenta nacional contra una Europa que supuestamente nos desprecia, que no respeta nuestra Justicia y que protege a quienes han querido dar un golpe de Estado que quebraría la unidad de España.

Ello nos lleva una vez mas a evaluar cómo se ve a nuestro país desde el exterior e imaginar si acaso la sentencia de Luxemburgo hubiera sido diferente si se hubiera emitido hacia un delincuente alemán o francés.

Visto desde fuera, España es un país alegre, simpático, vacacional, fiestero, con deliciosa gastronomía, con mucho arte, relativamente alta seguridad, con población longeva, numerosos monumentos patrimonio de la humanidad, un país en el que vivir y para jubilarse. Es decir, en general España tiene buena imagen y, como consecuencia, es uno de los países que recibe mayor numero de turistas del mundo.

Hay que reconocer que, como contrapartida, en el exterior no pasa desapercibido el terrorismo que provocó el separatismo vasco, así como la violencia y desorden que promueve el independentismo catalán. Igualmente y como consecuencia de aquella alegría y festividad, los españoles tenemos, injustamente, fama de ser poco trabajadores, poco productivos y manirrotos.

La batalla del Pais Vasco la ganamos, entre otras razones, porque el terrorismo se descalifica por si solo y no hay sociedad que pueda aceptar esa vía como solución posible para resolver cualquier problema.

El caso del separatismo catalán es bastante más complejo. Durante décadas Cataluña ha estado inventando la leyenda de la existencia de un reino imaginario, una cultura, un idioma, incluso una raza diferente a la del resto del Estado. Y han sido capaces de vender tal relato con considerable eficacia en Europa y el resto del mundo.
Para colocar tal producto era indispensable mantener sus reivindicaciones en tono pacífico, razón por la cual las revueltas de los últimos años, los incendios, la destrucción del mobiliario urbano, la agresión a las fuerzas del orden que sufrían muchas mas víctimas que los miles de rebeldes, empezaron a cambiar la imagen de una Cataluña amable y pacífica.

Con ello y con todo, para España se trataba de defender la causa estatal fuera de nuestras fronteras en tres planos: el político, el social y el judicial. En el primero de ellos, la diplomacia española se movió con plena eficacia. Ni un solo país del mundo -salvo Etiopía y San Cristobal y Nieves- incluyen en sus constituciones el derecho a la autodeterminación. La unidad de España fue defendida explícitamente por los principales líderes mundiales. Y es que a nadie le conviene estimular la ruptura de un país como el nuestro, lo que crearía un grave precedente en gran número de otros Estados, tales como Canada, EEUU, Reino Unido, Francia, Alemania, Polonia, Italia etc en los que también existen movimientos separatistas. Es decir, en el plano político, vencimos la batalla claramente.

En el terreno social, los catalanes se supieron presentar como pobres víctimas explotadas por un Estado opresor, que no les permite decidir su futuro privándoles de su derecho a un referéndum de autodeterminación. Por añadidura, se presentaban como los más imaginativos, creativos, trabajadores, incluso los más apuestos, a los que España les roba. La batalla social, Cataluña la tiene considerablemente ganada y nuestras Embajadas van a tener que trabajar con mas brío que las mal llamadas “embajadas catalanas”.

Aparece ahora otro sector en que es difícil influir: el Judicial, por su propia naturaleza independiente del ejecutivo y el legislativo. Nuestros Embajadores no pueden acercarse a los jueces de otros países -Bélgica, Alemania, Escocia- y pedirles decidan en un sentido u otro.

La UE, por añadidura, posee un nivel de coordinación judicial bajísimo. España esta considerada como una Democracia de superior calidad a países como Bélgica, Francia, Italia o EEUU. Y sin embargo el TJUE, o tribunales de Bélgica o Alemania se permiten el lujo de poner en entredicho las decisiones de nuestro Tribunal Supremo.

Por añadidura, una institución de la UE, el Parlamento Europeo, gracias a la inmunidad que ofrece a sus miembros, puede convertirse en refugio de delincuentes nacionales, culpables de graves delitos de rebelión o sedición, que hogaño se castigaban con pena de muerte. Cambiaron las reglas del juego para que tal inmunidad se aplicara ab initio, desde que los candidatos son votados, sin necesidad de que tengan que retirar el acta en sus propios países como era el caso hasta fechas recientes.

Pese a todo, España no va a protagonizar un Espaexit. Por muy difícil que nos lo pongan, seguimos creyendo en los valores comunitarios. La UE sigue siendo indispensable. Igual de indispensable como lo es la reforma, el perfeccionamiento y la profundización de nuestro Club.

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