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domingo, 12 de abril de 2026 | Última actualización: 20:42

Latido

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Latido es el nombre elegido para el Encuentro diocesano de jóvenes, adolescentes y familias el próximo sábado, día 18 de abril, para reflexionar sobre el amor humano y buscar respuesta a los desafíos actuales en torno al mismo. Estamos convocados para redescubrir la belleza del amor que late y construye, fundamento de toda vida personal, familiar y comunitaria.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo… son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS, 1). Nuestra comunidad diocesana comparte las inquietudes de tantos adolescentes, jóvenes y familias. Junto a grandes avances, todos percibimos signos de retroceso en nuestra sociedad: la inestabilidad en los compromisos, la dificultad para el diálogo, la soledad de muchos jóvenes, la crisis de sentido y, con alta frecuencia, la debilitación del tejido familiar. Miramos esta realidad, sin embargo, no con pesimismo, sino con esperanza. Porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).

“Dios es amor” (1 Jn 4,8). Esta verdad ilumina toda la existencia humana. El amor no es un sentimiento pasajero, sino una llamada inscrita en lo más profundo del corazón humano. Somos creados por Dios por amor y para el amor pleno. Benedicto XVI nos recordó que es el encuentro personal con Cristo, el amor encarnado de Dios, lo que da sentido y horizonte a nuestra vida; este encuentro personal con Cristo transforma el corazón y lo capacita para amar de verdad. El amor, que late y construye, es, por tanto, un amor que se recibe antes de ser ofrecido. Es don y es tarea, a la vez.

A los adolescentes y a los jóvenes les decimos que abran su corazón al amor de Cristo y dejen que Él ilumine sus vidas y decisiones. Descubrirán que tienen una misión única e irrepetible. En un mundo que propone modelos de amor egoísta y superficial, están llamados a ser testigos de un amor auténtico, fiel y generoso, y a comprometerse en proyectos duraderos en el matrimonio, en la vida consagrada o en el sacerdocio.

Las familias cristianas son un don precioso para la Iglesia y para la sociedad. En ellas se hace visible el amor de Dios. Están llamadas a ser “santuario de la vida y del amor” y son una “iglesia doméstica”. Su misión es grande y hermosa: transmitir la vida y la fe, educar en el amor y construir un hogar donde cada persona se sienta acogida y valorada. No perdamos nunca la esperanza, incluso en medio de las dificultades. El Señor camina con nosotros. Cuidar el amor conyugal y familiar exige paciencia, diálogo, perdón y entrega diaria. “Por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,14).