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domingo, 29 de marzo de 2026 | Última actualización: 00:15

La Cruz de Cristo

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En Semana Santa celebramos los acontecimientos centrales de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Son la prueba suprema y definitiva del amor misericordioso de Dios por la humanidad. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Por su muerte en la Cruz, Jesús nos redime del pecado, origen del mal, destruye la muerte y resucitando restaura la Vida y la comunión con Dios y entre los hombres.

Sin embargo, Cristo crucificado es signo de contradicción. Como dijo san Pablo, es “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1 Cor 1, 23-24). La Ley judía consideraba maldito para Dios a cualquiera que colgara de un madero; los judíos no podían aceptar que el Mesías esperado -un libertador victorioso- muriera de esta forma reservada para los rebeldes. Para los griegos, un Cristo crucificado contrastaba radicalmente con la búsqueda de sabiduría; era ilógico que un salvador sufriera una muerte humillante, en lugar de demostrar poder o grandeza divina.  

El escándalo de la Cruz, sigue produciéndose en nuestro tiempo. ¿Cómo es posible que la solución de las injusticias, del dolor y los sufrimientos, y la respuesta a la enfermedad y la muerte, puedan venir de un crucificado? La solución hay que buscarla en el poder de la ciencia y de la técnica, se afirma. No son menos los que consideran hoy una necedad buscar la salvación en Cristo crucificado; el ser humano no necesita ni depende de Dios, el hombre se explica y se basta a sí mismo, afirman.

Frente a ellos, el mismo san Pablo afirma que “lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Cr 1, 25). Entender la sabiduría y la fuerza divinas de la Cruz de Cristo está reservada a los sencillos y humildes de corazón. La Cruz de Cristo muestra el verdadero rostro de Dios, su dolor activo, libremente elegido y perfecto con la perfección del amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Dios no es un espectador del mundo: En Jesús, el Hijo de Dios, Dios mismo asume el sufrimiento humano y lo redime aceptándolo como don y ofrenda por la humanidad de los que brota la vida nueva para el mundo. Desde el primer Viernes Santo sabemos que Dios está presente en el dolor humano para sufrir con el hombre y para contagiarle el valor inmenso del sufrimiento ofrecido por amor. En Jesús, Dios ha hecho suya la muerte para que el mundo hiciese suya la Vida. En la Cruz, el Hijo de Dios se entrega a la muerte para, resucitando, darnos la Vida.

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