La política internacional es una ciencia delicada en que cada país debe actuar con equilibrio, con lealtad hacia los restantes países, en particular con los aliados. Pero hay que actuar también con una cierta dosis de astucia.
Es frecuente que nuestros aliados nos pidan tomar posiciones que a España no le convienen o no está en disposición de adoptar.
Si la solicitud se extiende a otros aliados, por ejemplo a los socios de la Unión Europea o a los miembros de la OTAN, antes de acatarla o rechazarla conviene ver que decisión adoptarán los socios.
El caso mencionado se produjo recientemente cuando los Estados Unidos, el gran jefe de la OTAN alianza en la que contribuye con el 75% del presupuesto, exigió que los aliados subieran su contribución hasta el 5% de sus presupuestos. Probablemente a pocos les venía bien semejante aumento de sus cuotas pero todos lo acataron con la intención de cumplir o no cumplir con el compromiso. Todos menos España que aseguró que con un aumento del 2% sería capaz de cumplir con las obligaciones otánicas, mientras que los restantes aliados, sin duda menos dotados que los españoles deberían gastar más del doble que nosotros.
Deberían gastarlo o no gastarlo porque en quince años Trump no estará ahí para reclamar el pago y cada aliado se arreglará según sus posibilidades. Todos quedarán como buenos aliados. Todos menos España que desde entonces ha sido objeto de todo tipo de insultos por parte de Trump y de algunos de los socios europeos.
Nunca las relaciones entre los EEUU y España habían sido tan malas. Zapatero ya situó la cota a niveles bajísimos con su ofensa a la bandera estadounidense en el desfile nacional y también con su campaña entre los aliados para que siguieran el ejemplo español y retiraran las fuerzas en la operación contra Irak.
Es cierto que aquella guerra partió de una premisa equivocada, la de que Irak tenía armas de destrucción masiva, cosa que nunca pudo probarse. Pero lo cierto es que otros aliados fueron leales a los amigos americanos y que nunca nuestras relaciones con los EEUU alcanzaron las cotas tan altas como en aquellos años entre Bush y Aznar, relaciones que se mantuvieron durante largos años y en que España fue un socio fiable de Norteamérica.
Todo lo contrario de lo que está ocurriendo ahora, en que España nunca se había llevado tan mal y había recibido tantos insultos de la gran potencia como en estos días en que se han producido choques en Venezuela con Maduro y Delcy buenos amigos de Zapatero y por ende también de Sánchez. Los mencionados desencuentros en la OTAN, en Gaza y también en Irán donde Sánchez, evocando los días del conflicto de Irak ha sacado su slogan "No a la guerra" con el que piensa competir en las elecciones que quedan - Castilla León, Andalucía, Extremadura si hubiera que repetir- y por supuesto en las generales de 2027.
Llevarse mal con la superpotencia aliada no es conveniente ni siquiera cuando el líder de aquel país se llama Trump y es tan errático como lo es él. Porque Trump pasará antes de lo que imaginamos pero los EEUU seguirán ahí y el recuerdo del díscolo Sánchez no se borrará fácilmente como nunca se borró el de ZP.
































