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lunes, 2 de febrero de 2026 | Última actualización: 15:11

En la fiesta de la Candelaria

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El 2 de febrero, la Iglesia católica celebra la fiesta de la Presentación del Señor, más conocida como la fiesta de la Candelaria o de las candelas. Es una fiesta muy rica en símbolos y profundamente bíblica, que invita a contemplar a Cristo como la luz que ilumina a las naciones.

El evangelio (cf. Lc 2, 22-40) nos presenta a María y a José llevando al Niño Jesús al templo de Jerusalén para presentarlo y ofrecerlo a Dios, como establecía la ley del Señor. Pero al mismo tiempo es presentado a toda la humanidad como el Salvador prometido. En el templo, dos ancianos -Simeón y Ana- que representan al pueblo de Israel, reconocen en el aquel Niño al Mesías que Israel aguardaba desde hacía siglos. Simeón, toma el Niño en sus manos, y, movido por el Espíritu Santo, proclama “Mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,29-32).

Estas palabras de Simeón revelan el sentido profundo de este gesto. Jesús no es solo la esperanza y la gloria de un pueblo concreto, sino la luz destinada a todas las naciones. Jesús es la luz del mundo (cf. Jn 8,12), que vence toda oscuridad, que orienta el camino de quienes buscan la verdad y da esperanza a los corazones cansados. No es una luz reservada a unos pocos, sino un don ofrecido a todos los pueblos, culturas y generaciones.

En este día, antes de la Misa, son bendecidas las candelas, y se va en procesión hasta el altar. Al encender y bendecir las candelas, los cristianos proclamamos nuestra fe en Cristo como luz del mundo, que disipa las tinieblas del pecado, del miedo, de la injusticia y de la muerte. Él ilumina nuestra conciencia, orienta nuestras decisiones y da sentido a nuestra existencia. Sin esta luz, el ser humano camina a tientas; con ella, encuentra el camino que conduce a la vida plena. En la procesión vamos al encuentro con Cristo en la Eucaristía, en su Palabra y en la comunión de su Cuerpo, alimento imprescindible para caminar como hijos de la luz.

Esta fiesta interpela a todo cristiano y a la comunidad cristiana. Si hemos recibido la luz de Cristo en el bautismo, estamos llamados no solo a conservarla y alimentarla, sino a hacerla brillar. El mundo necesita testigos, hombres y mujeres que, con su palabra y con su vida, reflejen a Cristo, la luz del mundo. En la familia, en el trabajo, en la vida social y política, en la atención a los pobres y a los enfermos, el cristiano está llamado a ser signo de esperanza, de vida, de verdad y de amor.