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domingo, 22 de febrero de 2026 | Última actualización: 00:46

El cuidado de los enfermos mentales

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Muchas personas viven hoy bajo el peso de la ansiedad, la depresión, el estrés, el duelo y otras formas de sufrimiento interior. Según el Informe del Sistema Nacional de Salud 2023, el 34% de la población española padece alguna enfermedad mental. Los trastornos más frecuentes son la ansiedad y la depresión. En el peor de los casos, la depresión puede llevar a la desesperación y al suicidio.

León XIV nos ha pedido “orar por todas las personas que viven en la oscuridad y la desesperación y que puedan encontrar siempre una comunidad que los acoja, los escuche y los acompañe”. La salud mental toca a personas y familias concretas. Toca, en definitiva, a personas que Dios ama y ha creado para la plenitud. La Iglesia comparte “las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias” de la humanidad. Entre esas angustias se encuentran las heridas invisibles que afectan a jóvenes desorientados, a adultos sobrecargados, a ancianos abandonados y a familias que sufren en silencio. Como cristianos y como Iglesia no podemos permanecer indiferentes.

Jesús, el Buen Samaritano, no pasó de largo ante el herido del camino (cf. Lc 10,33-34). Se acercó, se compadeció, lo curó y lo llevó a la posada. Acercarse y escuchar son el primer paso para sanar. Escuchar es más que oír: es acoger sin juzgar, es dar espacio al dolor del otro, es ofrecer cercanía. Invito a parroquias y comunidades a cultivar espacios donde las personas puedan expresar sus luchas interiores sin temor a ser señaladas. La enfermedad mental no es castigo divino ni signo de debilidad moral. Es una realidad humana que requiere comprensión, tratamiento adecuado y acompañamiento humano y espiritual.

La Iglesia está llamada a acompañar procesos de sanación. Esto pide formar a personas con sensibilidad y criterios adecuados para acompañar, orientar, discernir y, cuando sea necesario, derivar a profesionales de la salud mental. La gracia no suprime la naturaleza; la sana y la eleva. Por eso valoramos el trabajo de psicólogos y psiquiatras con una visión integral de la salud humana. A la luz de la enseñanza de la Iglesia, hemos de promover una cultura del cuidado integral, donde cuerpo, mente y espíritu sean atendidos armónicamente.

Jesús se acerca, pero además sana a quienes sufrían en el cuerpo y en el espíritu. Él devuelve la salud corporal y espiritual. La Iglesia continúa esta misión sanadora a través de la oración, los sacramentos y la caridad activa y concreta. La oración no elimina automáticamente el sufrimiento, pero nos asegura que no estamos solos. Cristo resucitado camina con nosotros. Incluso en medio de la oscuridad, la luz pascual no se apaga. Seamos una Iglesia que escucha, acompaña y sana.