Había una vez una ciudad llamada Castellón, donde la accesibilidad era más que una prioridad: era una realidad palpable. En esta ciudad, las calles estaban diseñadas pensando en todos sus habitantes, sin importar sus capacidades físicas o visuales. Permíteme llevarte a un paseo por esta ciudad inclusiva.
El sol brillaba en el cielo mientras salías a caminar con tu bastón blanco en la mano. Las aceras eran amplias y libres de obstáculos, y los pasos de cebra estaban estratégicamente ubicados en cada esquina. No había coches mal aparcados bloqueando las rampas, y los conductores respetaban las señales de tráfico.
Llegaste a un semáforo y pulsaste el botón de tu mando. El semáforo comenzó a sonar, indicándote que podías cruzar con seguridad. Todas las Pantallas de las marquesinas de la ciudad estaban equipadas con sistemas de audio para guiar y orientar a las personas con discapacidad visual, y tú te movías con confianza.
Caminaste hasta la parada del autobús. Las paradas estaban claramente marcadas y la locución dentro del autobús anunciaba cada parada a medida que avanzabas. Los edificios públicos y las plazas también estaban adaptados: el suelo señalizado con sus marcas de orientación, los ascensores parlantes marcados en braille.
Al llegar a la oficina de atención al público, cogiste un ticket. La pantalla mostraba el turno correspondiente, asegurando que no hubiera confusiones. Los funcionarios estaban capacitados para atender a personas con discapacidad visual, y tú te sentiste bienvenido y respetado.
En esta ciudad, la inclusión no era solo una palabra en un papel, sino una filosofía que se vivía día a día. Las personas con discapacidad visual no solo eran aceptadas, sino valoradas por su contribución a la comunidad. Castellón se había convertido en un modelo a seguir para otras ciudades, demostrando que la accesibilidad no era un lujo, sino un derecho fundamental.
Y así, en cada paso que dabas, sentías que pertenecías a esta ciudad. Una ciudad donde la igualdad y la diversidad eran celebradas, y donde todos podían disfrutar plenamente de la vida urbana.
Es importante recordar que la inclusión y la accesibilidad son esenciales para crear comunidades más justas y equitativas. Ojalá que más lugares sigan el ejemplo de Castellón y trabajen hacia un mundo donde todos puedan participar plenamente en la sociedad.






















