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martes, 10 de febrero de 2026 | Última actualización: 00:31

Ciegos, mudos, sordos e invisibles

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Santiago Beltrán. Abogado.

Once años después de su trágico accidente (o lo que fuera), que tiñera de muerte, miseria y chapapote las costas de Galicia, ha regresado el Prestige a ser titular y portada de la prensa nacional, aunque no lo haya hecho con la misma virulencia y reiteración machacona de entonces. Ahora, cuando la sentencia, tardía e inesperadamente, resuelve que no hubo culpa ni culpables en aquel maremoto sombrío y grasiento, se echa de menos la marea de voluntarios apolegetas del desastre medioambiental, a los pérfidos y nauseabundos demagogos del ‘nunca mais’ y a tantos y tantos políticos de las más variopintas corrientes ideológicas (la mayoría de colores verdes, rojos y morados), para que salgan en pública escenografía y comparecencia a reconocer su error y a pedir perdón por sus temerarias acusaciones contra los gobiernos de turno y por las calumnias dirigidas a los dirigentes que los encabezaban.

Claro que estos, que solo valen para alzar pancartas contra según sea el partido que esté en la Moncloa, son incapaces de entonar un ‘mea culpa’, por mínimo o leve que sea, aunque su equivocación sea de tamaño sideral,  ya que para eso gozan de la presunción de una superioridad moral, que les cubre con un aurea divina (siempre que no sea de origen católico).

‘Nunca mais’ significa en su origen y evolución posterior, un ensayo a gran escala de un forma de hacer política, sectaria y antidemocrática, que lejos de pretender encontrar soluciones a los problemas del momento, los utiliza, manipulándolos, para derrocar gobiernos de derechas legítimamente elegidos en las urnas. Ante el éxito mediático de alcance mundial que obtuvieron gracias a la marea negra, lejos de disolverse con el objetivo cumplido (destrozar injustamente a un gobierno hasta entonces solvente y reelegido por mayoría absoluta), paso de experimentar en ámbitos reducidos, transformándose en movimiento de masas, plenamente consolidado con las manifestaciones contra la guerra de Irak y la foto de las Azores y doctorándose definitivamente con el 11-M, donde esta vez por fin obtuvo el ‘cum laudem’ perseguido, con el derrocamiento del gobierno popular.

Cierto es, que a este funesto final (hay que recordar que nos trajo siete años de plaga ‘zapateril’) contribuyeron decididamente los dirigentes conservadores, quienes austados por lo que intuían se les venía encima, le pusieron alfombra roja a todos estos movimientos ‘callejeros’, asumiendo, sin razón, la culpa y responsabilidad de estos acontecimientos y de mil más que se les hubiera puesto delante. Es el conocido e inaceptable complejo de inferioridad de los políticos de derechas en nuestro país, angustiados psicológicamente por una procedencia franquista, que la gran mayoría no ostenta, pero de la que no son capaces de liberarse ni con cuarenta años de catarsis en aceite hirviendo.

El Prestige removió muchas conciencias agazapadas y renuentes hasta entonces, que no se movieron ni un centímetro cuando lo de Aznalcollar y el desastre del Parque Nacional y Natural de Doñana, de solo cuatro años atrás. Lo de Irak y las Azores puso en pie de guerra a una marabunta ruidosa que permaneció muda a principios de los 90 cuando Bush padre usaba nuestros aeropuertos con el beneplácito ‘felipista’ y de sus huestes, para aprovisionar sus Falcons en la llamada Guerra del Golfo, donde moría la misma que gente que diez años después lo hiciera en Afganistán, en Irak, en Somalia, o en cualquier otro recóndito país donde José Luís con su guitarra hacía participar a nuestros hombres.

El 11-M escupió oído y venganza por doquier, arengados y enfrentados millones de españoles por la manipulación de unos y la torpeza de otros. Este mismo sentimiento de ruindad que anidó en muchos españoles, sin embargo, permaneció impasible cuando también un gobierno socialista urdió, maquinó y creó, de la forma torpe y chapucera que solo ellos saben hacer, el primer grupo terrorista estatal de nuestra historia contemporánea. La vida de aquellas víctimas de los Gal solo puso en marcha una movilización, la de unos pocos allegados y familiares, el día de sus respectivos entierros. Los otros, los que poco tiempo después saldrían a la calle, apropiándose de ella, como acólitos ‘fraguistas’, permanecieron entonces ciegos, mudos, sordos y escondidos, casi invisibles.