Rafa Cerdá. Abogado.
Reconozco que el fútbol, en general, me resulta un tema pesado. Miento: muy pesado. El volumen de información generado por el ‘deporte-rey’, ni de lejos soporta la comparación con cualquier otra sección de la realidad; ni eventos culturales, ni acontecimientos sociales ni mucho menos cuestiones de orden político, concitan el grado de atención por parte de medios de comunicación de todo tipo en un grado como las noticias derivadas del mundo futbolístico. Si el interés mediático es gigantesco, la atracción suscitada entre millones de personas sencillamente adquiere dimensiones planetarias.
A nivel colectivo, el fenómeno futbolístico concita adhesiones sin parangón, exceptuando quizás, y con todas las salvedades que se quieran, al mismísimo sentimiento religioso. La Liga de Fútbol de nuestro país es, a opinión de muchos, la mejor del mundo. El nivel de los equipos, y la excelente técnica de los jugadores, permite exhibir músculo deportivo a nuestro campeonato nacional de Liga.
Hasta aquí la cara brillante del fenómeno, que también presenta un cierto ‘lado oscuro’: los trapicheos fiscales, los cambalaches políticos dentro de operaciones urbanísticas y de aval de estructuras de clubes (léase construcciones de estadios de dudosa legalidad y apoyos vergonzantes de tipo financiero como el ofrecido al Valencia Fútbol Club por la Generalitat, entre otros), dentro de una jugosa lista de conductas y circunstancias que encuentran una laxa comprensión por parte de muchos (por no decir claramente dejadez de los poderes públicos).
Estoy más que convencido que de producirse una mínima parte de aquellas sospechas de engaño fiscal o similares, sobre simples ciudadanos o dentro del ámbito de una pequeña empresa, el grado de rapiña y voracidad que desplegarían la Agencia Tributaria o la Seguridad Social, se activaría de forma instantánea. En cambio, fraudes descomunales de origen tributario, cometidos (presuntamente) por sociedades deportivas al calor del ámbito futbolístico, han ‘disfrutado’ de un grado de control y vigilancia prácticamente inexistente por parte de los responsables políticos de turno. Sin distinción de color. El enfrentamiento contra aficiones, previamente manipuladas (sirva como ejemplo el victimismo ofrecido por Manuel Ruiz de Lopera a la hora de ser enjuiciado por sus desmanes como Presidente del Betis), no supone un negocio electoralmente muy rentable. Un aficionado cabreado comporta un eventual cambio de voto. Y en ese punto la clase política se hace caquita, literalmente.
Sin embargo, un movimiento compuesto por padres y abuelos (principalmente) se pone en pie casi todas las semanas que compone un campeonato de Liga, muy distinto al compuesto por los grandes equipos y sus famosos jugadores. Su objetivo: llevar a miles de ilusionados chavales a los entrenamientos, a fin de reunir las mejores condiciones de juego para cada partido de la competición. Chavales que practican deporte, hacen amigos, conocen la importancia de colaborar en equipo, valoran el esfuerzo y la responsabilidad, celebran la victoria y aprenden también con la derrota. Ligas infantiles y juveniles, reúnen a niños y jóvenes, obligándoles a dar lo mejor de sí mismos a todos los niveles. Este apoyo y esfuerzo de familiares, como el practicado por mi propio padre con su nieto o mi primo hermano Javier con su hijo cada sábado y domingo, supone para mí el auténtico fútbol, el que merece sentarse en la grada de un pequeño campo de juego, y disfrutar del partido. No se reunirán grandes hinchadas, ni agitadas aficiones, ni tampoco se retransmitirá el partido, pero... al otro lado de las gradas de estadios como el Bernabéu o el propio Camp Nou, existen otras muchas más humildes, en instalaciones deportivas que ni alcanzan la condición de estadio, donde se puede ver jugar de verdad a fútbol. En ellas, sí que me siento.






















