Enrique Domínguez. Economista.
Hace unos cuantos meses leí que una parte relevante de los sectores económicos que serán los imperantes dentro de no muchos años (no recuerdo cuántos, pero no eran demasiados) aún no se han descubierto. En ello, la tecnología y su fuerte desarrollo tendrá mucho que decir.
Personalmente considero que todos los sectores económicos actuales serán sectores de futuro, aunque no todas sus empresas.
Ambas afirmaciones creo que son complementarias: el mantenimiento de los sectores actuales, sean residuales o relevantes, y la aparición de nuevas actividades totalmente desconocidas en el momento presente al albur de los acelerados desarrollos de las nuevas tecnologías.
A pesar de esa complementariedad, podemos encontrarnos con diferentes escenarios a partir de las visiones de futuro que tengan políticos y empresarios.
Un primer escenario podría ser el de un sector económico que basa su desarrollo en conseguir una estructura de costes que le permita competir en precio con sus competidores, obviando en gran medida todo lo relativo a nuevas mejoras en calidad, en innovación o en nuevos productos. En el plano institucional, este escenario se plasma en escasas inversiones en lo relativo a la innovación e investigación, dirigida ésta sólo a aquello que pueda ser rentable a corto plazo y con una falta de adecuación de los estudios medios y universitarios a las necesidades de las empresas.
En este escenario, a pesar de la existencia de núcleos investigadores en empresas, de proyectos de desarrollo y fomento tecnológico, el caldo de cultivo no es el adecuado para que se generen nuevos sectores tecnológicos.
En un segundo escenario, partiendo del interés en mantener una estructura de costes adecuada y ajustada, no prima por encima de todo el conseguir un precio más bajo que la competencia, sino que intenta –y aquí hay muchos grados- complementar esa línea de producción con el fomento de sus departamentos de calidad, de diseño, de innovación e investigación, de internacionalización y de formación permanente. Todo esto implica un tamaño de empresa adecuado o, en su caso, una colaboración interempresarial que haga que el tamaño no sea lo más relevante.
Y en este escenario, el papel del sector público como impulsor de la investigación y la innovación es importante –aquí también puede haber diferentes grados-; también lo es la adecuación de las necesidades del sector empresarial y de las ofertas educativas en todos sus niveles.
¿Dónde nos encontramos aquí y ahora? Estamos y seguimos en el primer escenario y sin tener claro el querer estar en el segundo.
En nuestras empresas, salvo honrosas excepciones, han primado en gran medida la reducción de costes y el ser competitivos en precio pero han reducido o eliminado un capital humano relevante en calidad, en innovación, en marketing; han disminuido a niveles mínimos lo relacionado con la comunicación y la publicidad y han primado el vender lo que se produce. Y, por supuesto, han reducido o eliminado la inversión en investigación –muchas no invierten en esto-.
Y nuestros gobernantes, con la excusa de la crisis, han reducido o anulado proyectos de investigación y departamentos e instituciones relacionadas con este tema por una ausencia clara de plan de futuro en este tema.
¿Podemos pensar que con estas políticas empresariales y gubernamentales en pocos años vamos a potenciar nuestros sectores económicos actuales hacia los segmentos de mayor calidad y a crear el caldo de cultivo necesario para desarrollar nuevos sectores a partir de las nuevas tecnologías?
¿No corremos, en cambio, el creciente peligro de desaprovechar las ventajas de las nuevas tecnologías y de incrementar el valor añadido de nuestras producciones actuales y de perder el control sobre nuestros propios recursos, es decir, de convertirnos en un país de creciente emigración por la falta de oportunidades?
























