Enrique Domínguez. Economista.
¡Qué tiempos aquellos en los que en mis informes sobre la economía castellonense señalaba sus factores diferenciales respecto a los de la Comunidad Valenciana! Castellón salía muy bien parado en muchos factores, incluida la tasa de paro sobre la población activa.
En esas fechas hablábamos de pleno empleo, de tasas de paro en torno al 6/7%, de cifras de parados alrededor de los 11/13 mil, de peticiones de empleo no satisfechas porque no se encontraba a personas para cubrirlos, de “robos” de trabajadores de unas empresas a otras. Eran otros tiempos. ¿Se acuerdan? Eran los años de nuestra burbuja inmobiliaria. Ni la creciente inmigración procedente, en gran medida, del este europeo, podía satisfacer las necesidades de nuestras empresas, aunque entre todos los sectores destacaba el del ladrillo, ¡la construcción!
Pero, ¿se estaban haciendo bien las cosas? En la página 10 del Anuario Económico 2005 de la Cámara de Comercio de Castellón ya se insistía que la economía castellonense planteaba “…un futuro incierto, con elementos que afectan a nuestro desarrollo y sobre los que es necesario actuar: un sector agrario con crecientes dificultades, un sector industrial que sigue perdiendo competitividad, la construcción que se erige como motor del crecimiento provincial pero que debe mantenerse dentro de un entorno sostenible, el sector comercial con cambios por la implantación de nuevas superficies, el sector turístico que sigue sin disponer de un complemento claro al sol y playa…”.
Y de aquellos polvos estos lodos. Un número importante de jóvenes dejó sus estudios para trabajar en la construcción y también en empresas relacionadas directamente con ella. Era una manera de conseguir dinero fácil y abundante. Las viviendas se vendían sobre plano y su precio variaba cada semana, por no decir cada día. Era una situación que se sabía que no podía durar pero que era muy golosa. Y así, con bajos tipos de interés, con préstamos concedidos superiores a los solicitados, con la sacrosanta idea de hacer negocio, muchos se hipotecaron hasta las cejas porque se pensaba que aquello iba a durar y durar…
El resultado todos los conocen: ya en 2007 los parados crecen en 3.187 personas, pero en el primer año de la crisis, 2008, en más de veinte mil y en el siguiente en 17.682; en los dos años siguientes se incrementa poco pero en 2012 la nueva recesión hace aumentar el paro registrado en 3.681 personas; en los dos años posteriores, en cambio, se han registrado descensos en cifras similares a los incrementos de 2012. Y la tasa de paro en todo este proceso ha pasado del 6,62% en el cuarto trimestre de 2006 al 27,84% del tercer trimestre de 2014; y desde 2008 ese porcentaje ha sido superior al español; ello demuestra que la crisis ha incidido más en las zonas con fuerte predominio de la construcción. Y por lo dicho antes, las personas de menos de 25 años tienen tasas de paro mucho más elevadas que las de más de 25.
¿Hemos aprendido algo de la crisis? Me temo que no. Seguimos primando la enseñanza universitaria sobre la formación profesional, seguimos teniendo carreras que son fábricas de parados y no se reestructuran; continua desajustada la demanda de las empresas respecto a la oferta de los centros educativos; seguimos los padres queriendo que nuestros hijos estudien en la universidad e imbuyéndoles la idea de la competitividad sobre los demás y no sobre uno mismo; seguimos presionándoles para que escojan la carrera más rentable y no la que más les guste; seguimos sin primar el ser personas con valores y satisfechas consigo mismo. El emprendedurismo sigue siendo, en bastantes casos, una huida hacia adelante.
¿Lo estamos haciendo bien? Sí, pero para no salir de la siguiente crisis. ¿Qué opinan ustedes?


























