Jorge Fuentes. Embajador de España.
En mi juventud fui muy aficionado al circo. Volar por lo alto de la carpa como hacían los trapecistas me parecía una de las experiencias más maravillosas que pudiera sentirse.
Por entonces el circo era el mayor espectáculo del mundo y abundaban las películas que se desarrollaban entre saltimbanquis, payasos y domadores ¿Quién no recuerda a Cornel Wilde interpretando al Gran Sebastián en aquella superproducción de Cecil B. De Mille?
Hoy, en Europa, el fútbol es sin duda, el espectáculo central. En Estados Unidos lo son el rugby, el beisbol y el baloncesto. En España, desde hace unos pocos años, el circo se ha desplazado desde las nobles carpas a los no menos nobles hemiciclos de las dos cámaras de las Cortes; los principales artistas actúan especialmente en el Congreso de los Diputados. Y ese circo, francamente, me interesa mucho menos.
No quiero deformar lo que ocurre en esos foros. El Parlamento es el lugar en que está concentrada la representación popular y, por consiguiente, debe reflejar de forma fiel lo que ocurre en el país, en sus pueblos, sus calles, sus salones y sus cafés.
España tiene 47 millones de habitantes y las Cortes acogen tan solo a una pequeña parte de aquellos: 350 congresistas y 266 senadores. A la hora de hacer la selección hay que procurar escoger a personas con buena preparación, con estudios, con buenas formas, con dotes oratorias y con equilibrio emocional.
Cuando hoy presenciamos las sesiones parlamentarias tenemos la impresión de que algo ha fallado en el proceso de selección y que de los 47 millones de españoles se han colado en las Cortes algunos personajes que, sin ánimo de ofender, se hubieran podido quedar en sus pueblos, en las universidades, en las tabernas o en las calles.
Porque no se trata de que en el hemiciclo estén presentes todos los sectores que componen nuestra sociedad. Es evidente que en ella hay ricos y pobres, listos y tontos, sanos y enfermos, viejos y jóvenes, sobrios y bebedores, honrados y ladrones, equilibrados y pirados, policías y cacos, religiosos y ateos. No todos deben estar representándonos porque no todos pueden contribuir al bienestar y el progreso de España.
Se tiene la impresión de que hoy nos hemos pasado al intentar crear unas Cortes verdaderamente representativas. No es solo que el Parlamento se haya llenado de gente muy mal preparada, mal hablada, mal lavada, mal peinada. A fin de cuentas, que cada uno se vista como quiera. Es que las intervenciones están desenfocadas y los debates no están orientados a resolver los grandes problemas del país.
Algunos partidos actúan claramente pensando en la tele y en atraer la atención de los medios informativos antes que en la respuesta de los restantes diputados y senadores.
En algunos establecimientos se requiere un atuendo determinado para acceder a ellos. Se reservan el derecho de admisión. No estaría mal hacer lo mismo en las Cortes y preocuparnos de las formas que a fin de cuentas marcan también los fondos. Pero como eso parece ya imposible dado el punto al que hemos llegado, propondré algo igualmente imposible de alcanzar: pedir a los medios informativos, particularmente a la televisión, que nos ahorre el tormento de repetir hasta la saciedad los debates parlamentarios, en particular los que solo buscan la provocación y el escándalo que son, sin duda, los que todas la cadenas repiten hasta la saciedad.
¿Es lo que reclama el televidente? No estoy seguro. Quizá la tele está estimulando los peores sentimientos del pueblo. Aunque siempre nos quedará la opción de cambiar de canal confiando que el otro esté dando una del Oeste. O aún mejor: apagar la tele.






















