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- 9 junio, 2019 -

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diocésis Segorbe-Castellón Con la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos el día de Pentecostés, comienza la misión... Somos misión

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diocésis Segorbe-Castellón

Con la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos el día de Pentecostés, comienza la misión de la Iglesia. Los Apóstoles y el resto de los discípulos presentes en el Cenáculo quedan llenos del Espíritu Santo (cf. Hech 2,4) y salen a anunciar por las calles de Jerusalén a Jesucristo, muerto y resucitado. Desde entonces, nadie ni nada podrá frenar el ardor evangelizador de Pedro y de los demás discípulos. Lo que ellos han visto y oído, lo que han tocado y experimentado, lo anuncian a todos: Cristo Jesús ha muerto y ha resucitado para que todo el que crea en Él tenga vida eterna: Él es el Mesías y el Salvador de la humanidad. Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres, contestan Pedro y Juan a quienes les prohíben anunciar a Jesús (Hech 4,19).

“Somos misión” reza el lema del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, que celebramos el día de Pentecostés. Este lema recuerda que cada fiel laico, animado por la fuerza del Espíritu Santo, está llamado a descubrir, en medio del Pueblo de Dios, que es una misión. En efecto; todos los cristianos, por el bautismo, quedamos injertados en Cristo, recibimos el Espíritu Santo y somos incorporados a la Iglesia en el bautismo; y por la confirmación recibimos la plenitud del Espíritu Santo. El mismo Espíritu nos da la fuerza para superar el miedo y nos impulsa a proclamar por doquier la Buena Noticia de la salvación de Dios en Cristo. Como los apóstoles de Jesús entonces, también los cristianos de hoy estamos convocados en esta hora de la historia para decir al mundo que el Señor vive y que fuera de Él no hay salvación, ni futuro, ni esperanza para la humanidad.

El papa Francisco nos recuerda que la misión no es una parte o un adorno de nuestra existencia de bautizados. La misión es algo que, como bautizado, no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo (cf. EG, n. 273). Cuando un bautizado se pregunta “¿quién soy yo?” se responde con una más amplia: “quién soy yo para los demás”; pues el ser humano, por Jesucristo, llega a su plenitud en la entrega gratuita, en la salida de sí para darse en la misión: ser misionero (cf. Mensaje de los Obispos de la CEAS).

Pero no olvidemos que Jesús, antes de enviar a sus discípulos a la misión, los llamó a estar con El para conocerle, amarle y seguirle. Lo mismo sucede hoy: Sólo dejándose encontrar personalmente por Cristo resucitado, sólo creyendo en Él, dejándose transformar por Él y permaneciendo unidos a Él en la comunión de la Iglesia, podremos dar testimonio de Cristo, de lo que hemos visto, oído y experimentado.  

Jesús confía la misión a toda su Iglesia, es decir a todos los bautizados. Jesús os llama también a los laicos a ser sus discípulos misioneros en la Iglesia y en el mundo. Es muy importante que los laicos os sintáis protagonistas, corresponsables y partícipes de la misión salvífica de la Iglesia (LG n. 33). Os tenéis que sentir llamados por Jesús a ser misioneros también en el interior de la Iglesia, participando activamente en tareas como la catequesis, la liturgia, la Eucaristía dominical, las cáritas, los consejos y otras muchas tareas más. Os corresponde por derecho propio, y no por concesión de los sacerdotes. Además los laicos, por vuestra condición de estar inmersos en las realidades temporales, estáis llamados, de un modo particular, a ser Iglesia en medio del mundo. El papa Francisco, pide de todos que seamos un Iglesia en salida a la misión.  Ante el avance del fenómeno de la secularización, de la apatía y la indiferencia religiosa, estáis llamados a vivir el sueño misionero de llegar a todas las personas (niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos) y a todos los ambientes (familia, trabajo, educación, medios de comunicación, compromiso socio-caritativo, ocio y tiempo libre…).

No olvidemos que es el Señor mismo quien nos llama a estar con Él y quien nos envía por la fuerza de su Espíritu a ser sus testigos hasta los confines de la tierra. No tengamos miedo. No estamos solos. El Señor resucitado nos precede y acompaña siempre con la fuerza del Espíritu Santo.

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