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- 14 julio, 2017 -

Jorge Fuentes. Embajador de España. Igual que otros muchos españoles, estoy leyendo el gran éxito de ventas de Fernando Aramburu que da título a... Patria

Jorge Fuentes. Embajador de España.

Igual que otros muchos españoles, estoy leyendo el gran éxito de ventas de Fernando Aramburu que da título a esta columna. Debo decir que la música ambiental que proporciona la polémica celebración del XX aniversario del rapto y asesinato de Miguel Angel Blanco, no podía acompasar mejor los horrores que se describen en la novela.

En mi vida apenas he viajado al País Vasco. Hace años estuve algunos días en Bilbao y otros en San Sebastián y eso fue todo.  Los vascos con los que he tratado son personas civilizadas y afables, por ello me están impactando más los horrores que describe Aramburu en su extensa novela de apasionante lectura.

Por el contrario, he tenido ocasión de vivir en muy distintos países con regímenes políticos diversos: desde las democracias más prósperas hasta sistemas totalitarios más absolutos; desde los pueblos más ricos a los más desfavorecidos del mundo.

No puedo imaginar que la vida en ninguno de ellos pudiera ser tan cruel y tan difícil como en el País Vasco en los años de hierro de ETA, tal como los describe Aramburu.

El ambiente resulta irrespirable y, la mayor parte de sus personajes, deleznables. Imaginen ustedes a unos amigos del alma que deben romper su amistad desde el instante mismo en que uno de ellos se ve señalado por los insultos y amenazas de ETA plasmados en ‘graffitis’ callejeros; piensen en un joven deportista que se alista en la organización terrorista con la ambición de llegar a ser el mayor asesino de la historia etarra; una madre orgullosa de su hijo encerrado en la cárcel; una hija que renuncia a ir al entierro de su padre para que no la identifiquen como víctima; la viuda que tiene que abandonar su casa y su pueblo por el vacío que los vecinos le hacen tras el asesinato de su marido, Txato, un empresario inocente que se resiste a pagar un nuevo impuesto revolucionario; el hijo de la víctima que rechaza su opción a la felicidad; un párroco que alienta desde el púlpito y el confesionario la lucha por la independencia de Euskelarria.

La atmósfera del pueblo en que transcurre la acción se vuelve simplemente asfixiante. El miedo que sufren algunos de los personajes, en especial el modesto empresario de transportes al que ETA reclama lo que le es imposible pagar, la cobardía de sus vecinos y de algunos de sus familiares, reflejan extraordinariamente  la tragedia que vivió -y de algún modo sigue viviendo- el País Vasco. Un país en que los asesinos eran héroes y las víctimas, apestados.

Víctimas como el Txato ha habido más de mil en España. Y personas que hayan vivido el pánico, o el dolor, o la frustración de verse acosadas ya sea ellas mismas o sus familiares, ha habido millones. Blanco se encuentra entre éstas,  como también todas las otras víctimas de ETA, de la yihad o de los GAL. Cada uno de ellos merece nuestro recuerdo y respeto.

Las ansias de libertad de los pueblos pueden tener explicación cuando se generan en ambientes opresores. En España no los hay, muy al contrario: en pocos Estados, sus regiones gozan de semejante grado de autonomía como en España. Nunca un país serio aceptaría la ruptura territorial sin intentar evitarla incluso con las armas si necesario fuera.

En España la opresión no vino del Estado sino de parte de quienes, con el terror, quisieron hacer patria.

 

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  • Toda la razón, amigo Jorge. He tenido ocasión de leer el libro y, el autor, ha conseguido sumergirme en la opresión e indignidad que han tenido que soportar muchos españoles de bien en esas provincias vascas. Lo más triste, amigo Jorge, es que todo ello sólo ha servido para que los asesinos hayan llegado a cubrir sus objetivos y que se haya echado una ignominiosa capa de olvido sobre todos los que fueron oprimidos y asesinados, ya que, sus familias, fueron asesinadas figuradamente con el desprecio de los asesinos.
    Y eso siguen pasando, sin ir más lejos, los guardias civiles y sus familias, que tienen que soportar, agresiones, insultos y todo lo inimaginable por parte de eses que dicen luchar por un mundo mejor. Recordemos la paliza propinada a unos guardias civiles y sus parejas, en un acto de vil cobardía. Menuda ironía.
    Pero lo más triste, es el desamparo al que nuestros dirigentes han sometido a todos estos héroes anónimos que han soportado, en silencio, y sin ayudas un acoso inhumano. Y ahora todos esos están en las instituciones. De vergüenza

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  • Gracias por tu comentario y por tu columna “Hipócritas”, clara y audaz.
    Entretanto he acabado de leer “Patria”. La segunda parte es mucho menos impactante. El tema central se dispersa con historias menores que descargan intensidad. El desenlace es buenista, como si el autor no se hubiera atrevido a tomar partido y optara por la equidistancia entre victimas y verdugos.

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