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- 24 junio, 2018 -

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diócesis Segorbe-Castellón. Queridos diocesanos: Nuestra Hospitalidad diocesana de Lourdes se dispone a realizar su Peregrinación anual al Santuario... Haced lo que él os diga

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diócesis Segorbe-Castellón.

Queridos diocesanos:

Nuestra Hospitalidad diocesana de Lourdes se dispone a realizar su Peregrinación anual al Santuario de Ntra. Sra. de Lourdes, los días del 28 de junio al 2 de julio. Siempre merece la pena acoger la llamada de la Virgen de Lourdes y experimentar de nuevo a sus pies su maternal protección. Quien ha estado alguna vez en Lourdes con fe y devoción, sabe que allí se siente una presencia especial de la Virgen, que de un modo u otro atrapa el corazón.

Los responsables del Santuario han elegido como lema pastoral para este año, las palabras de la Virgen María a los sirvientes en la boda de Caná: “Haced lo que Él os diga”. Recordemos que el evangelista Juan nos dice que “había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda” (Jn 2,1-2). Las bodas entonces duraban habitualmente siete días; es normal que a lo largo de esos días se fuera agotando el vino. María advierte la situación delicada en la que se encuentran los novios: “Faltó el vino, y la Madre de Jesús le dice: ‘No tienen vino’ ” (Jn 2,3). María es quien percibe el apuro y la necesidad en que se encontraban aquellos novios, y se lo hace ver a su hijo. En este modo de actuar no sólo hemos de ver la simple indicación de una necesidad: la Madre le está pidiendo al Hijo que actúe para solucionar este problema. En este primer momento de la escena, María aparece como la que está atenta a las necesidades de aquellos esposos y las presenta a su hijo. Pero la falta de vino es signo de una necesidad mayor: la necesidad de esperanza y de salvación que tiene la humanidad. María le está recordando a Jesús que la humanidad está necesitada de que comience a actuar.

María en Caná, atenta a la necesidad de aquellos novios, se dirige a los sirvientes y mirando a Jesús, les dice: “Haced lo que Él os diga”. Y Jesús les manda llenar de agua las seis tinajas preparadas para las purificaciones de los judíos; y, una vez hecho esto, les ordena darlo a probar al mayordomo. El agua se había convertido en “vino bueno”. La boda en Caná es el momento en el que Jesús realizó el primero de sus signos, convirtiendo el agua en vino. En este momento, en el que el Hijo comienza a actuar, está la Madre. En las palabras y en la actuación de la Virgen se insinúa su misión como cooperación a la obra de la Redención.

María está siempre atenta a las necesidades de los hombres. De hecho está a la escucha del designio de Dios que quiere reunirse a través de Jesús con la humanidad desheredada. María sabe que este mundo, sin Dios, no tiene sentido. Ella sabe que este mundo es el fruto de un amor y que está hecho para vivir de él. María sabe que este mundo, por el hombre, debe vivir de la Alianza con su Creador. La Virgen vela siempre por nosotros, María está siempre pendiente de nuestras angustias y necesidades, como lo estuvo en la boda de Caná. Ella es la Madre atenta y compasiva que nos hace sentir la seguridad que brinda saber que, aún en los peores dramas y momentos de nuestra vida no estamos solos.

Como buena Madre, la Virgen continúa susurrándonos día a día desde la Gruta en su Santuario de Lourdes: Escucha lo que viene de tu corazón; acepta en primer lugar tu pobreza, tu insuficiencia, tu necesidad; como Bernardita entra tú también en esa gruta interior donde te está esperando Alguien; en la Gruta de Massabielle, siente la presencia de María y escucha. Como en Caná, la Virgen nos dirá: Mirad a mi Hijo, haced lo que Él os diga; abrid vuestro corazón a Cristo, arraigad vuestra existencia en Él, fiaros de su palabra, manteneos firmes en la fe, cooperad siempre en la edificación del Reino de Dios: que es el reino de la verdad, de la gracia, de la vida, del amor y de la paz.

Acudimos con sencillez y humildad al encuentro con la Señora para escuchar su respuesta a nuestros anhelos y esperanzas, a nuestros problemas y dificultades. En su mirada encontraremos el consuelo del Espíritu, que llena de paz nuestros corazones y que es la fuente de la alegría de sabernos siempre acompañados por la Madre y, a través de ella, por su Hijo. De sus manos vayamos al encuentro con Cristo para vivir con alegría la fe y la esperanza que brota del encuentro con el Señor, que nos llama, transforma y capacita para servir a nuestros hermanos, en especial, a los enfermos. La Virgen nos enseña a estar atentos siempre a sus necesidades y atenderles con el amor, que brota de su corazón inmaculado. A la protección maternal de la Virgen encomiendo nuestra peregrinación y nuestras vidas.

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