viernes, 30 de octubre, 2020  |  

- 16 septiembre, 2020 -

Jorge Fuentes. Embajador de España. Hace algunas semanas un líder de Unidas Podemos hizo unas declaraciones llamativas sobre el sentido de la pandemia que... Ser mayor: oficio de riesgo

Jorge Fuentes. Embajador de España.

Hace algunas semanas un líder de Unidas Podemos hizo unas declaraciones llamativas sobre el sentido de la pandemia que nos asolaba y que ya por entonces se había cobrado cientos de miles de víctimas en el mundo.
Aquella persona venía a decir que la naturaleza era muy sabia y puesto que gracias a (o por culpa de) los adelantos de la medicina, la población mundial se estaba multiplicando excesivamente, el Covid 19 estaba despejando el escenario llevándose por delante a los más ancianos que mostraban menor resistencia frente al virus.

La conclusión que cabía deducir de tan disparatado razonamiento, es que el Coronavirus viene a desempeñar el papel de equilibrio demográfico que en el pasado venían a cumplir las guerras o las catástrofes naturales. Pero de forma más conveniente ya que si éstas diezmaban a sectores jóvenes de la población, la pandemia se lleva a los ancianos principalmente.

Sin duda aquella persona había estudiado u oído hablar de las teorías de Malthus, de Darwin o las prácticas de Hitler y sus huestes. Y la propia pandemia, en su desarrollo, le está quitando la razón ya que si en su primera oleada era particularmente cruel con gentes de 70 años de media, en la segunda ola se estima que la edad media ha descendido hasta los 40 años.

Y por añadidura, ¿quiénes eran aquellos cientos de miles de personas en el mundo entero que, nacidos entre 1930 y 1950, estaban siendo abandonados a su suerte en hospicios, residencias de ancianos o en hospitales? En el caso de España eran los que protagonizaron la transición, quienes facilitaron el ingreso en la OTAN y en la Unión Europea y quienes construyeron un país prestigiado en el mundo, emplazado entre los ocho más prósperos y estimados del planeta.

No se trata en modo alguno de escoger entre jóvenes y ancianos a la hora de buscar víctimas o supervivientes. Lo deseable es salvar al mayor número posible de infectados y que no sea necesario proceder a una cruel elección.
Pero es que por añadidura, cuando nos encontramos en un momento en que la pandemia crece de nuevo vertiginosamente, en que los hospitales vuelven a llenarse y también lo hacen las salas de cuidados intensivos, en una de las primeras sesiones del Consejo de Ministros tras las vacaciones, al Gabinete no se le ocurre peor idea que plantear la cuestión de la Eutanasia.

Es como si se quisiera liquidar a los ancianos que quedan en España, sin reparar en que hay asuntos infinitamente más urgentes que acometer como son combatir eficazmente la pandemia y sus demoledoras consecuencias económicas y sociales que pueden convertir a nuestro querido país en un erial.

Es evidente que el Gobierno se ve en tal situación de incapacidad, que tiene que remover cuestiones tan macabras como esta Ley de Eutanasia, acompañada por una Ley de Memoria Democrática, variante de la Memoria Histórica, resuelta en 1976 a iniciativa de los partidos de izquierda, socialista y comunista, pero que ahora, con la aparición de UP, de Bildu y de los separatistas catalanes y vascos, encuentran nuevos vientos para hacer avanzar, aunque sea de forma renqueante, el pobre falucho del país que lleva los restos mortales de Franco como mascarón de proa.

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